THE MONUMENT VALLEY, ARIZONA, USA

THE MONUMENT VALLEY, ARIZONA, USA
La magnificencia del paisaje en The Monument Valley, la belleza del entorno, las reminiscencias de un pasado de tantos y tantos viajeros que cruzaron el Far West, protagonizando aventuras míticas entre las tribus indias y buscando un futuro mejor...Y al igual que esa ruta invita a seguir hasta más allá del horizonte, hasta el infinito, el Monument Valley, suscitando mil experiencias viajeras y recuerdos, se convierte en el icono de este blog que pretende rememorar las emociones y experiencias del conocimiento de nuevas tierras, nuevas culturas y nuevas gentes. Sin descartar que invada la nostalgia evocando vivencias personales de épocas ya pasadas pero nunca olvidadas.

viernes, 24 de mayo de 2013

Viaje a la memoria (V).- Montejaque-Ronda: Donde acabamos de hacernos hombres y donde nos vamos a reconocer más humanos


Para concluir la serie de “viajes a la memoria” referidos a Montejaque y Ronda, y alrededores, con motivo de la celebración de su 50 Aniversario por el grupo de la XXI promoción de Milicias Universitarias, que en los años 1963 y 1964 integró las 4ª y 1ª compañías, respectivamente, de la 1ª Agrupación del Campamento de la Instrucción Premilitar Superior, quienes ya peinamos canas  (si es que las tenemos y no “ofertamos” más o menos calvicie) y quienes ya hemos hecho en la vida una gran parte del recorrido personal, familiar y profesional, estamos experimentando especiales sensaciones y emociones de compleja descripción.
Ahí es nada volver con los recuerdos a las tierras, paisajes y ambientes que nos envolvieron en nuestra juventud de universitarios a punto de licenciarnos, y recordar aquellos tiempos de espíritu militar (y el servicio era obligatorio, no se olvide) y de estudios sobre lo castrense, desde la táctica al tiro, pasando por la topografía y las ordenanzas, que nos llenaron de más de una inquietud, por no decir zozobra.
Ahí es nada recordar a los once compañeros con los que cada uno moró seis meses en una reducida tienda circular de lona (las llamadas “de indios”) sobre el duro suelo de la montaña de Montejaque, experimentando, más bien sufriendo, el tremendo calor, las inclemencias de las tormentas, el acoso de los insectos…
Éramos algo señoritos (eso pensábamos entonces, pero bajo los prismas actuales, resulta que no era así, y al contarlo a nuestros sucesores o no lo creen o nos consideran esforzados héroes) y nos hallamos de forma impensada con una disciplina que en principio colisionaba con nuestra tendencia aburguesada a la cultura y a la vida acomodada, aunque, en verdad, no tuviéramos una vida demasiado muelle ni, como se dice en castiza expresión, “ni un duro”.
Ahí es nada volver a encontrarse bajo las centenarias encinas que orlan la ladera desde la montaña rondeña hasta el valle de Montejaque y La Indiana y de los riachuelos que por él discurren, y no poder olvidar las clases a la sombra ardiente de aquellos árboles que eran testigos mudos de nuestros apuros para recordar los conceptos enseñados por los profesores militares y sin poder olvidar tampoco los exámenes casi semanales, con las posaderas sobre el suelo, una tablilla de cartón tablex sobre las rodillas, y unos folios para escribir, si es que se podía, cuál era la mejor formación para el reconocimiento del terreno, o el ángulo preferible en el tiro a objetivo lejano, o cómo determinar un punto del terreno, a más de conocer el artículo 5º de las Ordenanzas, aquél que decía que “ el cabo, como jefe más inmediato del soldado…”.
Todo eso, y mucho más, es lo que estamos reviviendo en la memoria -- en la cada vez más flaca memoria que va quedándonos— estos días, que ya son la antesala del encuentro que muchos de nosotros vamos a experimentar con quienes fueron nuestros compañeros de tienda, de compañía y de campamento; y lo estamos recordando re-visionando en la memoria todos aquellos parajes que durante seis meses fueron nuestro entorno, nuestro ambiente, nuestra envoltura, el refugio de nuestros pensamientos y nuestros sueños.
¿Quién ha podido olvidar el “murex”, esa pared que se alza majestuosa y provocativa casi enfrente del campamento, que era como el límite geográfico de nuestras visiones, y donde fueron a parar los disparos de nuestros mosquetones, que, si bien dirigidos a unos blancos con la diana, acabaron la mayoría sumergidos de forma anónima en la tierra o la roca?
¿Quién no recuerda aquellos disparos con el carro de combate –el único que tuvimos cerca durante nuestra estancia campamental— que retumbaban y parecían devolver desde el “murex” el eco de respuesta a tan potente arma?
¿Y acaso se ha olvidado la prueba del cañón sin retroceso, anunciado como una de las más modernas armas de aquel entonces, cuyos proyectiles impactaron una y otra vez en la pared que había enfrente?
Mas para llegar al omnipresente “murex” era preciso descender la ladera de la montaña (los componentes de la 3ª Agrupación mucho más, porque habían de bajar la llamada “cuesta del bicarbonato”, ya que su subida exigía ese compuesto químico para atenuar los efluvios gástricos generados por el esfuerzo) y llegarse hasta la línea del ferrocarril, por las cercanías del apeadero de La Indiana, tan “nuestro”, y cruzar el riachuelo, allí pequeño, Guadiaro, en su rácano discurrir hasta acariciar la Cueva de la Pileta, después de acercarse a la Cueva del Gato.
Sobrepasados que eran el ferrocarril y el río, se comenzaba la ascensión por aquellos secos caminos, que semejaban y tal vez eran barrancos, con oquedades, piedras de gravas rodadas, y tantas y tantas materias minerales, en que las botas se vestían de blanco y los pies quedaban rebozados con una mezcla de sudor empolvado.
Y, o bien se buscaba la carretera que seguía hacia Grazalema, o, en otro caso, se descendía en dirección a Benaoján, que estos eran los más habituales destinos de las “palizas” diurnas, nocturnas o de media tarde con que se nos “obsequiaba”.
Éstas han sido unas experiencias imborrables; pero no menos recordadas son las que implicaban la subida desde el campamento a la ciudad de Ronda, porque ello implicaba algo más que el “polvo, sudor y hierro” cidianos.
Llegaban los festivos en los que no se concedía permiso para desplazamiento a otras poblaciones, y, cual marabunta, los “caballeros aspirantes a oficial de complemento”, inundábamos Ronda y nos hacíamos notar de caqui por la alameda y zonas cercanas al Tajo, degustando algún cafetito y tomando algunas tapas. Porque lo de alternar con las ya resabiadas muchachas rondeñas era misión imposible…
Claro, que llegar hasta Ronda implicaba subir a pie firme, y normalmente a las 3 de la tarde, una cuesta de alto porcentaje, entre rocas, piedras y matojos, cruzando por dos veces la carretera que desde el valle de Montejaque serpenteaba hasta la ciudad, para llegar, si no exhaustos (¡envidiable juventud!) sí empapados en sudor y rebozados de tierra/polvo, que unos avezados y despiertos gitanillos limpiaban a la entrada de Ronda, por un “duriyo”.
Y en los alrededores del campamento, los Arriate, Benaoján, Cortes de la Frontera, Setenil, eran poblaciones acogedoras que invitaban a algunos más osados y con algo más de dinero a desplazarse hasta ellas y pernoctar cuando podían, por aquello de tener mejor economía, tratando de conseguir, a veces con éxito, los favores de alguna moza bien dispuesta a no pasar el fin de semana en soledad.
Todo esto y mucho más está llegando a nuestras mentes, ahora que vamos a volver al lugar al que, juramos y perjuramos, repetimos y gritamos que ¡!!NO VOLVEREMOS MÁS!!!.
Porque entonces estábamos culminando nuestra formación como hombres, claro está…Y por aquello del refrán de que “Nunca digas de esta agua no beberé…”, pues ¡claro que vamos a volver!. Y con gusto, con placer, con emoción… para comprobar si todavía podemos retrobar aquel punto geográfico en el que estaba nuestra tienda o si podemos pisar la zona en la que nos sentábamos con los compañeros, al atardecer, para desgranar las notas de la guitarra. Y para volver a percibir el perfume de las encinas y de los hayedos que aún restan en las barrancaditas que delimitaban las distintas zonas campamentales, para, en fin, notar en nuestras curtidas y bastante arrugadillas epidermis, la sensación del airecillo montejaqueño que nos brindó oxígeno puro, algo caliente, por cierto, mezclado con vida auténtica.
Y vamos a volver, llevando con nosotros, para que lo vean y sean testigos, a nuestras esposas e hijos y nueras y yernos, y algunos inclusive a sus nietos, para que puedan tal vez comprender “in situ” que su “menos-joven” padre, suegro, abuelo, no es tal, porque revive con emoción juvenil lo que queda de una etapa que se ha resistido a cerrar.
Hemos roto el conjuro de no volver, porque ahora sabemos que aquel Montejaque, y los años subsiguientes, nada menos que diez lustros, si algo nos han hecho es mucho más humanos, porque hemos vivido más, y porque llevamos con nosotros las enseñanzas vitales que surgieron en torno a esos parajes y los recuerdos de personas que nunca olvidaremos y que ya han quedado esculpidos a golpe de emoción en nuestras mentes.
Ahora todos nos sentimos más hombres, más completos, porque hemos luchado y sufrido en este nuestro Montejaque, en esta nuestra Ronda, preludio y antesala de nuestra posterior lucha en la profesión y en la vida, parte de lo cual ya ha comenzado a quedar soterrado en la memoria y en la vitalidad; que ya así lo recuerda el poema de un conocido autor español, muy identificado con quien esto escribe: 
“Porque después de todo he comprobado
que no se goza bien de lo gozado
sino después de haberlo padecido.
Porque después de todo he comprendido
que lo que el árbol tiene de florido
vive de lo que tiene sepultado”
SALVADOR DE PEDRO BUENDÍA

miércoles, 8 de mayo de 2013

Viaje a la Memoria (IV): El Camino de Montejaque.- (2) Los Caminos andaluces, desde Sevilla, Cádiz, Córdoba, Granada y Málaga.

En estos días en los que va acortándose el tiempo de espera para el encuentro fraternal que el próximo 8 de junio vamos a tener el privilegio de darnos unos cuantos compañeros de los que hace cincuenta años pisamos –y honramos— las tierras de Montejaque y de Ronda, y por ende de Andalucía, sigo pensando, como impenitente viajero que soy, en los “caminos andaluces” a Montejaque, aquellos que, mal que bien, ya recorrimos los de procedencia valenciana, cuando en los añorados años de la década de los sesenta, tuvimos la “suerte” (al menos así lo considera quien esto escribe) de estar, vivir y sufrir las experiencias inolvidables en las bellas tierras de la serranía de Ronda. 
A nuestro campamento, “nuestro” Montejaque rondeño, acudían los compañeros desde Murcia y desde toda Andalucía, y, claro es, los murcianos seguían la ruta de los valencianos, pero los andaluces provenían “de acá” y “de acullá”, desde Huelva, Sevilla y Cádiz, Málaga también, hasta los originarios de Jaén, Córdoba, Granada y Almería.
¡Todos los caminos llevaban hasta Ronda y Montejaque!
La verdad es que los sevillanos y los gaditanos no sufrían rutas y caminos demasiado arduos, porque solamente un centenar largo de kilómetros mediaba entre sus residencias y el destino de su “polvo, sudor y hierro” de las Milicias.

Desde Sevilla la ruta era, y es, bastante cómoda, pues bien se optara por circular vía Utrera, bien llegando hasta Xerez, se desembocaba en Algodonales, en lo que hoy es la carretera A-384 (la de Xerez a Antequera) y allí se tomaba la A-374 que zigzagueaba ya por la serranía de Ronda hasta las cercanías de Benoaján y a espaldas de la sierra de Grazalema, para llegar a la propia entrada del campamento militar.

Quienes accedían desde Cádiz también quedaban relativamente cerca, porque llegaban a Xerez por la que hoy se denomina A-381 (la autopista A-4 se construyó después), y en alcanzando la ciudad de los vinos y los caballos, ya tomaban la A-384 en dirección a Arcos de la Frontera, y bordeando el pantano de Bornos, alcanzar Villamartín y en Algodonales derivar ya hacia el valle de nuestra entonces "residencia".

No difícil ni más larga era la ruta de la gente malagueña, porque se desplazaba por la costa hasta San Pedro de Alcántara (entonces ya Torremolinos y Marbella eran emporios turísticos), y allí se iniciaba la ascensión, casi slalom, por la hoy carretera A-397, con más curvas que kilómetros, que por zonas en las que se esperaba alternar con Curro Jiménez y sus bandoleros, alcanzaba la ciudad del Tajo.
Algo más lejos quedaban, y quedan, Montejaque y Ronda, respecto de Córdoba y Granada, porque desde la ciudad de los califas era preciso llegar por Lucena hasta Antequera y, una vez allí, tomar la ruta hacia Xerez, la repetida A-384, hasta, por Campillos y Cuevas del Becerro, llegar a la ciudad de Pedro Romero.

Y desde Granada la distancia y la ruta eran similares, si bien actualmente la A-92, autopista que el poder socialista regaló a Andalucía con motivo de la Expo de ese año, facilita la llegada hasta la altura de Antequera, en cuyas cercanías esa esencial A-384 conduce a Campillos y Ronda.

Lo lacerante para los valencianos y murcianos era que los andaluces estaban a más/menos dos horas de sus hogares, y ellos solamente podían desplazarse para estar con los suyos en dos ocasiones (con la Jura de bandera, en Julio; y al finalizar el campamento), lo cual constituía ciertamente un “agravio comparativo” con quienes prácticamente cada fin de semana iban a sus casitas, estaban con sus novias, y volvían con la ropa limpia y el espíritu renovado.
“Viaje a la memoria”, sin duda, ahora que desde Valencia a Sevilla hay un AVE que en menos de cuatro horas sitúa cómodamente en Andalucía, y que las carreteras son vías de buena calidad.

Pero lo que no se borra en este agradable y en ocasiones agridulce batiburrillo de recuerdos (aquellos que la edad no nos permite ya vivir como lo vivimos, aunque recordamos más y mejor lo que nos aconteció), es que, de aquí y de allá, de unas partes y de otras, acabamos fundiéndonos unos con otros en una convivencia armónica de estudiantes y compañeros, en la que prevaleció la buena voluntad y el apoyo mutuo, tanto que ahora, ¡cincuenta años más tarde! un grupo de aquellos que formamos las 4ª y 1ª compañía, de la 1ª Agrupación del campamento de la IPS de Montejaque, vamos a reunirnos de nuevo (cabellos blancos, si los hay; nietos cercanos; emociones intactas) para junto a quien fue nuestro capitán, rememorar los días de “meteoro”, “polvo, sudor y hierro”, “medianos”, exámenes “ de comedores”, etcétera.

Porque si en algo no fallamos fue en la táctica, ni en el tiro, ni en la topografía: Seguimos sabiendo aproximarnos a ”nuestro” Montejaque, en el que hacemos –y volveremos a hacer- diana, y donde bajo las encinas y el sol de Grazalema y los riachuelos montejaqueños, aplicamos aquellas especiales enseñanzas de la vida, de la convivencia, del compañerismo, del mando inteligente.

Que por algo, ¡caramba! nos ganamos una estrella de seis puntas que enorgulleció a nuestras novias y a nuestras familias. Y por eso más de una veintena de nuestros compañeros son para siempre “estrellas” en el firmamento de nuestros recuerdos.

¡Es ahora todo tan entrañable y de tan maravilloso recuerdo!

Caminos a Montejaque… Historias de la vida… ¡Qué bellos son estos “viajes a la memoria”! ¡Son nuestra propia vida, y nos aferramos a ella!

SALVADOR DE PEDRO BUENDÍA

lunes, 29 de abril de 2013

Viaje a la Memoria (III):El Camino de Montejaque .- (1) El Camino Mediterráneo: Valencia-Ronda

Viajar por las tierras de Andalucía tiene un atractivo especial.
Para todos los viajeros, y también para quien esto escribe.

En efecto, penetrar en la región más meridional de nuestra “piel de toro”, hágase por Huelva o por Almería, las dos provincias de los extremos andaluces, significa sumirse en un océano de fonemas repletos de “ceceos” y “siseos”, de costumbres ancestrales, de reflexiones entre la sabiduría popular, la genialidad poética de Averroes y la resignación de Séneca, actualizados en un inolvidable García Lorca y contaminados de Juan Ramón Jiménez y la simpleza bucólica de su Platero.

Pero, diciendo la verdad, y pese a todo, siguen llamándome la
Arriate
atención, después de tantísimos años, esos cafés con leche en vaso de vidrio repleto con el que te quemas los dedos, esos cafés cortos que más bien son un vaso medio lleno del estimulante líquido negro, o esas chapatas paneras tostadas, en las que el aceite de oliva virgen se transforma en delicia, si es que no se opta por esa manteca de untar rojiza.

Andalucía…!querida y olvidada! !Esotérica y tan entrañable!

Y, en verdad, en los últimos tiempos, en medio de ese “viaje a la memoria” en que me estoy viendo sumido en compañía de mi buen amigo y colega Jesús, luchador de la vida y chófer de resistencia inigualable, en medio de esas idas y venidas a Cádiz, con paradas en Xerez, Montejaque y Ronda, estoy volviendo a experimentar el embrujo y los contrastes de esa región andaluza que a mí, como a millares de universitarios españoles (y valencianos), nos envolvió durante dos largos y cálidos --más bien
Emblema IPS
ardientes— veranos en que, con nuestras cabezas bien cubiertas de negro pelo la mayoría, con algún pelirrojo repartiendo cartas y algunos rubiales, nuestros cuerpos estilizados y nuestro “mini-pijerío” de universitarios, comenzamos a descubrir y a integrarnos en la milicia.

Años de, ahora, entrañable recuerdo, porque descubrimos la hombría de la disciplina militar, la validez de la convivencia entre colegas de diversas procedencias y formación y la valía de la autodisciplina para aquella vida alejada de la familia que nos había mimado hasta entonces.

Y menciono lo de “entrañable” recuerdo, porque precisamente este año se cumplen los ¡solamente cincuenta! de las fechas de junio en que renqueantes trenes que arrastraban rugientes locomotoras a vapor nos dejaron en un apeadero  a los pies del monte que se desliza desde el impresionante Tajo de Ronda hasta las tierras de Montejaque, no lejos de Arriate (la de la novia pastelera de más
Cortijo El Pilandino
uno) y de Setenil (hoy llamada “de las bodegas”), de Beanoján, de Montejaque, frente al “murex” y la sierra de Grazalema; de los ríos o riachuelos, como aquel Guadalcobacín que tanto sirvió para lavar las hojas de una lechuga con las que elaboramos una ensalada en horas de asueto, como para aportar higiene a cuerpos ardientes por el calor y por la energía que la vida militar requería.

Ya he escrito en este lugar, cuando me lanzo a “viajar a la memoria”, qué sentimientos y pensamientos suscita volver a esas tierras tan “nuestras” desde hace tanto tiempo, y cómo el grupo de “supervivientes” de la unidad de instrucción militar que en los años 1963-64, habitó y holló las faldas de la montaña, “segando” con sus botas las pocas hierbas que la ornaban, va a celebrarlo cual sus nostalgias requieren, me vuelco hoy a comentar más detalles y
Puerto Lumbreras
especialmente itinerarios de acceso a “nuestra” Ronda y al otrora “nuestro campamento”, hoy “campamento nuestro” (que agora es un moderno acuartelamiento del IV Tercio de la Legión Española, bien que se nos permite, como viejos “okupas”, pasear entre los arroyuelos, parajes y montículos que marcaron seis meses de nuestras entonces juveniles vidas).

Cuando las gentes de nuestro “veterano” (nunca nos sentiremos viejos) grupo de estudiantes de Milicias Universitarias, se desplacen en breves fechas hacia las tierras rondeñas, unos (yo mismo) lo harán en coche, porque gustan de sentir kilómetro a kilómetro su “retorno al pasado” en el presente; otros optarán por tomar el confortable AVE a Sevilla, para allí alquilar automóvil y alcanzar, vía Xerez, la bien cuidada carretera autonómica
Almería, en invierno
andaluza, la A-368 o algo así, que une la ciudad de los vinos con Antequera, bordeando el pantano de Bornos, a los pies del bellísimo pueblo de Arcos de la Frontera, para “rozar” Villamartín y Algodonales, dejando un poco de lado a Olvera, adentrarse en la serranía rondeña, hasta llegar al paraje de Montejaque, en el que el anuncio del apeadero de “La Indiana” preludia la cercanía de aquél que fue nuestro “hogar” de tiendas de campaña en el suelo andaluz.

Y otros habrá que preferirán el avión hasta Málaga, para recorrer después la Costa del Sol arañando casi Benalmádena y Marbella, para al llegar a San Pedro de Alcántara, asumir las antaño más de trescientas curvas que, enroscándose en la serranía rondeña, llevaban hasta la ciudad del Tajo.

Baza
Pese a todo, fiel a mi genuina afición al viaje por carretera, opino que si el conductor disfruta, lo mejor es gozar de la carretera, saliendo desde Valencia o desde Alcoy (la mayoría de los “milicios” valencianos son de estas poblaciones y sus zonas de influencia).

En ese sentido, la A-31 conduce desde Valencia hasta tomar la nueva A-7 (no confundirse con la AP-7, de caro peaje), por Ollería, Aielo de Malferit, Ontinyent, Albaida, los túneles alcoyanos del Barranco de la Batalla, los llanos de Ibi, las colinas de Castalla, hasta San Vicente del Raspeig, para tomar la autovía de circunvalación de Alicante, en dirección a Murcia.

(Hago un inciso en este punto para advertir al conductor que, a propósito o no, el enlace desde la A-7 hasta la autovía de Alicante a Murcia es un auténtico laberinto de denominaciones, porque solamente se indica la dirección a Murcia por la AP-7 (o sea, de peaje), y la A-7 se transforma en A-77, sin indicar la capital pimentonera, hasta que por ensalmo aparece la A-7 (¡que es la misma!), denominación mantenida hasta el enlace con la A-92 andaluza).

La corta distancia de Alicante a Murcia es cómoda y por autovía, visionando de lejos el ahora multitudinario aeropuerto de El Altet-
Cuevas de Baza
Alicante, en término de Elche (Elx en valenciano), rozando Crevillente, la de las alfombras; hasta las proximidades de Orihuela que introducen en la cercana Murcia, tras la montaña de Monteagudo coronada por su Cristo Redentor.

Y después de Murcia, la autovía A-7. Hacia Almería, conduce por Alcantarilla (base de los paracaidistas antaño), Totana, la imperial y “terremotística” Lorca, hasta Puerto Lumbreras, el vértice de la intersección de las autovías hacia Almería y Granada, en cuya cercanía el casi siempre seco barranco hace recordar las enormes inundaciones que se generan cuando al cielo le da por ser generoso, abusón probablemente, en el sureste peninsular.

Tomada ya después de Puerto Lumbreras la A-92 N (el otro ramal parte
Cuevas en Guadix
de Almería y se junta con éste en Guadix), se asciende hasta el puertecito de El Contador, superando la población de Vélez Rubio, para alcanzar Baza y sus cuevas en la roca arcillosa, y llegar hasta la episcopal Guadix, que es como la puerta del acceso a Granada desde las estribaciones norteñas de la Cordillera Penibética, cuya Sierra Nevada que se bordea por el norte, hasta el bello puerto de La Mora, conservando todavía sus pinares desde la histórica y hoy extinta Venta del Molinillo (!qué buen chivito se comía allí!), para por Huétor Santillán caer hasta Granada.

Desde Granada basta seguir la ya más concurrida A-92, en dirección a Sevilla (compartida con la dirección a Málaga, superado el bello y truchero paraje de Riofrío, que se deja atrás poco después de Loja), y así llegar por los bordes de la alta Archidona –blanca población andaluza, con cuestas rememorables— hasta alcanzar la altura de la noble Antequera.

Superada esta población en la lejanía, llega la señal del desvío a Campillos y Ronda, por la carretera autonómica A-384, que llega pronto a Campillos y sus lagunas y lagos artificiales y pantanos,  de manera
lagunas Campillos
que por la A-367, pasando Cuevas del Becerro, se llega a la Ronda amada.

Ahí, en Ronda, nos esperan, esperan al viajero, y en especial al “ex-milicio” que retorna, los inextinguibles recuerdos del “Tajo del coño” (con perdón, pero así se dice en el lenguaje popular, ya que esa interjección exhala el viajero que lo contempla), la plaza de toros, el antiguo Mesón del Escudero (hoy magnífico restaurante Mirador de la Espinela), el hotel Reina Victoria, al que los milicios que eran “ricos” accedían algún fin de semana, el restaurante de Pedro Romero, y tantas y tantas plazas, calles y lugares… que aquellos aspirantillos a oficiales de complemento, nosotros mismos, recorrimos, pateamos, sobamos y hollamos, buscando cierto solaz y esparcimiento en recuerdo de las amadas e idolatradas novias que habíamos dejado atrás, y que eran nuestras enseñas de la milicia, ¡tan amadas! y ¡tan olvidadas! por causa de cualquier chavala bien dotadita y mejor parecida…

Y en esa Ronda de nuestros ancestros militares esperamos concentrarnos unos y otros para celebrar ufanos nuestros cincuenta años desde aquel juramento del “!no volveremos más!”, que de manera flagrante pero deliberada y gozosa vamos a violar, para merecer que
Aquellos trenes...
nuestro Capitán Sánchez Gey, felizmente entre los vivos, nos reprima con su paternal estilo de profesor a lo militar y nos anuncie un “parte” que después olvidará colocar en su “Libreta del Profesor”, porque ¡eran unos buenos chicos!.

¡Viajes a la memoria! Claro que sí.

Éramos tan jóvenes; soñábamos tanto; queríamos tanto… que tras repetir, gritar, cantar el “¡no volveremos más!" regresamos ahora con los nuestros, esposas, hijos, nietos, a rehollar las tierras campamentales y a cantar nuestras vivencias de una juventud que nos está llenado esta nuestra ancianidad veterana, que no vieja… ¡caramba!

Y, sobre todo, desde el recuerdo de los ya conocidos veinticinco compañeros que sin dejarnos en la memoria se nos fueron para, desde las estrellas, lucir su eterna y bien conquistada “estrellita de alférez”, cantemos y contemos que ¡ea! seguimos vivos y ¡queremos un día feliz!...

¡Gracias, Andalucía, la de los cafelitos y los pulevas! ¡Gracias, Ronda, la de las inaccesibles chavalas!, ¡Gracias, Montejaque, tierras duras y ardientes! ¡Gracias, Benaoján, la de las acogedoras sábanas de las pensiones de la estación! ¡Gracias, Arriate, la de la novia pastelera de alguno que otro! Nos hicisteis vuestros… y no podemos olvidaros…

¡Sois recuerdos tan maravillosos y en ellos nos sentimos tan jóvenes…!

SALVADOR DE PEDRO BUENDÍA