THE MONUMENT VALLEY, ARIZONA, USA

THE MONUMENT VALLEY, ARIZONA, USA
La magnificencia del paisaje en The Monument Valley, la belleza del entorno, las reminiscencias de un pasado de tantos y tantos viajeros que cruzaron el Far West, protagonizando aventuras míticas entre las tribus indias y buscando un futuro mejor...Y al igual que esa ruta invita a seguir hasta más allá del horizonte, hasta el infinito, el Monument Valley, suscitando mil experiencias viajeras y recuerdos, se convierte en el icono de este blog que pretende rememorar las emociones y experiencias del conocimiento de nuevas tierras, nuevas culturas y nuevas gentes. Sin descartar que invada la nostalgia evocando vivencias personales de épocas ya pasadas pero nunca olvidadas.

martes, 13 de septiembre de 2016

PERIPLO POR EUROPA 2016.- XII- Descanso y naturaleza en Beverino, Liguria, con visita a Cinque Terre

Se denomina Cinque Terre (en español, "Cinco Tierras") a una porción de costa formada por cinco pueblos en la provincia de La Spezia, bañada por el mar de Liguria en Liguria (Italia).
Cinque Terre abarca desde Punta Mesco hasta Punta di Montenero, y comprende los pueblos de Monterosso, Vernazza, Corniglia, Manarola y Riomaggiore.
Esta región, gracias a sus características geográficas, constituye uno de los principales atractivos de la riviera liguria. Su origen es un contexto orográfico muy particular, que da origen a un paisaje montañoso constituido por distintos estratos o "terrazas" que descienden hacia el mar con una fuerte pendiente. La mano del hombre, a lo largo de los siglos, ha modelado el terreno sin alterar el delicado equilibrio ecológico, utilizando esas terrazas en declive para desarrollar una particular técnica agrícola destinada a aprovechar todo lo posible la disposición del terreno.
En 1997, a instancias de la Provincia de La Spezia, las Cinque Terre, junto con Portovenere y las islas de Palmaria, Tino y Tinetto, fueron declaradas Patrimonio de la Humanidad de la Unesco. Cinque Terre y Portovenere están recogidas con el código 826-001. En 1999 se creó también el Parco Nazionale delle Cinque Terre ("Parque Nacional de las Cinco Tierras").
Las Cinco Tierras
Monterosso
Monterosso al Mare es la más occidental y la más poblada de las Cinco Tierras. En ella se encuentran también las playas más extensas de la región. Monterosso se sitúa en el centro de un pequeño golfo natural, protegido por una modesta escollera artificial.
Al oeste del pueblo se encuentra Fegina, una expansión turística y de balnearios del pequeño pueblo originario. A Fegina se accede a través de un túnel de pocas decenas de metros; allí se ubica la estación de tren y las playas más extensas, compuestas por grava fina.
Es, tras Monterosso, el segundo pueblo más occidental de las Cinque Terre. Se sitúa sobre un pequeño promontorio y se inclina hacia el mar, y es solamente accesible por una carretera que desciende desde la carretera provincial.
Se cree que el nombre de Vernazza deriva del
adjetivo latino verna, es decir, "local, indígena", pero también es posible que el nombre provenga del producto más conocido del pueblo, la vernaccia, una modalidad local de vino.
Su pequeño puerto garantiza un lugar seguro, en una ensenada natural que permite el atraque de barcos pequeños y medianos.
Corniglia se sitúa en el centro de las Cinque Terre, y es el más pequeño de las cinco. Se diferencia del resto de los pueblos de la región en que es el único que no se conecta directamente con el mar, sino que se sitúa sobre un promontorio de unos cien metros, circundado por viñedos distribuidos en las características terrazas en el lado que mira hacia el mar.
Para acceder a Corniglia es necesario descender una larga escalinata conocida como Lardarina, compuesta por 33 tramos y un total de 377 escalones, o bien recorrer la carretera que la conecta con la estación de tren. Además, Corniglia está unida a Vernazza por un sugerente paseo a medio camino entre el mar y la montaña.
Manarola, al igual que los demás pueblos de las Cinque Terre, se encuentra situada entre el Mar de Liguria y la cadena montañosa que se separa de los Apeninos y desciende en dirección sureste, los Alpes Apuanos. Situado en una colina, el pueblo de Manarola se extiende por el valle, encerrada entre dos espolones rocosos, y desciende hacia el mar hasta albergar un pequeño puerto. Manarola es el   
segundo pueblo más pequeño de las Cinque Terre, después de Corniglia.
Este pueblo se sitúa en el último tramo del río Groppo. Las casas se agrupan una junto a otra a lo largo de la vía principal, la Via di Mezzo, que a su vez sigue el curso del agua.
Riomaggiore es la más oriental de las Cinco Tierras. El centro histórico, cuyo núcleo original data del siglo XIII, se sitúa en el valle del Rio Maggiore, el antiguo Rivus Major del cual toma su nombre el pueblo.
Las casas se distribuyen en distintos niveles paralelos que siguen el abrupto recorrido del río. El nuevo barrio de la Stazione, llamado así por haberse
desarrollado en el siglo XIX tras la llegada de la línea férrea, se sitúa en cambio en el valle formado por el Río Finale (Rufinàu), así denominado por señalar, en una época, los límites de las tierras de Riomaggiore y los de Manarola"
(De Wikipedia y otras fuentes)
...
Desde nuestra casa en medio del bosque descendimos en el coche hasta La Spezia, la población que es capitalidad de la provincia, y llegamos a la estación de ferrocarril, atestada de turistas.
No sin pacífica pugna, conquistamos el mostrador de información turística, y allí se nos recomendó que adquiriéramos un ticket especial para un día, trayectos ilimitados, que nos permitiría usar los trenes que circulan por Cinque Terre, sin tope alguno.
En el andén de la estación esperaba al tren una muchedumbre, que cuando llegó el convoy se abalanzó sobre las puertas de  los vagones, atropelladamente, hasta que pudimos entrar en uno
de ellos.
Se trataba de vagones bastante modernos, con aire acondicionado y  dos niveles distintos de asientos.
Optamos por el superior, aunque pocas vistas se nos ofrecieron ya que el ferrocarril discurre más tiempo por túneles que por espacios abiertos.
Decidimos llegar hasta la última de las poblaciones, Monterosso, la situada más al norte, para desplazarnos después hacia las situadas más al sur.
En ese trayecto pasó un interventor que agujereó o clicó nuestros tickets, sin problema (lo que resultaría decisivo para lo que nos aconteció más tarde con otro empleado de la ferrovía).
El trayecto entre estaciones no demoraba más de cuatro o cinco minutos, por lo que en un "plis plas" nos encontramos en Monterosso, que visitamos, paseando por la soleada y calurosa playa y hallando una bonita población entre el monte y el mar, con la playa abarrotada (y eso que casi todas sus zonas eran de pago). Nada muy diferente de cualquier población español del Mediterráneo.
Tomamos un nuevo tren en dirección a Vernazza, y en él sufrimos una nueva muestra de la tendencia al abuso y explotación que en Italia predomina hacia el turista.
Un revisor o interventor nos pidió los tickets, que le mostramos, y nos dijo muy rotundo y autoritario que esos tickets no eran válidos porque no estaban cancelados en las máquinas que hay en las estaciones, por lo que cada uno de nosotros debía pagarle 5 euros para seguir el viaje.
Nuestra protesta fue enérgica, y le dijimos que en el viaje previo otro interventor ya había comprobado los justificantes de viaje y hasta los había validado, clicándolos.
Se empecinó el orondo revisor en que o le pagábamos o abandonábamos el tren (que estaba en
marcha, por cierto) y como tomamos nota de su número de identificación, que estaba en su tarjeta a la vista, se enfureció al límite, haciendo ademán de empujarme, a lo que repliqué cogiendo el móvil y haciendo ademán de llamar a la policía, ante lo que el individuo quiso como romper los tickets, momento en el cual le dije que íbamos a denunciarle.
Ahí se aplacó algo su ira y, muy descortés, sacó un aparatito, mediante el cual comprobó que los tickets habían sido comprados en el día. Se encontró como desarmado, al tiempo que el tren llegaba a la estación de Vernazza, en la que nos apeamos.
El irritado revisor nos siguió por el andén hasta que le grité "Mascalzone!" (sinvergüenza"), e hizo ademán de abalanzarse sobre mí, agresivo, pero la posible presencia de un policía al fondo del andén debió de hacerle desistir de su abuso e intento de cobro sin razón.
Una prueba más de que falta en Italia mucha educación y respeto para con los visitantes.
Superado el incidente, paseamos por Vernazza hasta su coqueto puertecillo, y comimos un cucurucho con algunos pescaditos (boquerones, calamarcitos y gambitas, bien caro, por cierto) para seguir en tren hasta Corniglia, curioso pueblo situado en lo alto para
cuyo acceso existe un servicio de autobús, abarrotado, y en medio de un intenso calor.
Bonito pueblo, con calles estrechas y muchos bares y restaurantes, en varios de los cuales se indicaba, como excepción, "No service charges" o "No coperto". (Ello pone de manifiesto que en muchos servicios turísticos se es consciente del abuso de ese cargo extra y por sorpresa).
Y continuamos por Manarola hasta Riomaggiore, el pueblo más al sur, con una larga calle ascendente, en la que nos sorprendió la venta de jaboncillos en forma de limoncitos, aromatizados de esa fruta, que eran un típico souvenir.
Por fin en el tren llegamos a La Spezia y nos desplazamos hasta un gran supermercado, muy bien abastecido, pero con precios casi el doble que en España, pese a lo cual compramos limoncello, crema
de pistachio, quesos, mortadela boloñesa, vino italiano, y más productos, no solamente para la cena de ese día, sino para la barbacoa que pretendíamos preparar el siguiente día.
Regresamos a nuestra casa en el bosque ya anochecido, y dispusimos una cenita "a la italiana", para sumergirnos en los sueños acompañados por los roedorcillos que pululaban por los techos.
Nos quedaba el siguiente día, último de vacaciones, en el que los jóvenes quisieron ir de nuevo a La Spezia, pero los más mayores decidimos gozar de las delicias de la montaña y la vegetación, hasta el punto que ese día de descanso nos vino de maravilla para preparar la barbacoa del anochecer y estar mejor
dispuestos para el largo viaje del siguiente día.
Aun nos visitaron los dueños, Daniele y Leticia, su pareja, con quienes departimos amigablemente y a quienes compramos sendos tarros de la deliciosa miel que allí se producía, despidiéndonos hasta nueva ocasión.
El siguiente día desayunamos en la terraza frente al bosque y cargamos el coche, para emprender sobre las diez de la mañana el viaje de retorno a España, que transcurrió por toda la Liguria, pasando Génova hasta Veintimilla, y en Francia circulando por la autopista en torno a Montecarlo, Niza, Marsella, Montpellier, Narbonne, y en Perpignan acercándonos a España, cuya inexistente frontera sobrepasamos sobre las siete de la arde.
Llegamos a Roses, a casa de nuestra hija, que nos había dejado las llaves en el vecino de al lado, y aún compramos en un supermercado próximo unos pescados y mariscos, que fueron una auténtica delicia, después de tantos días sin comer frutos del mar.
Un reparador descanso, después de los 1.200 kms. recorridos en el día, nos abrió al regreso, plácido, por carreteras y autovías de Cataluña y Valencia, hasta llegar a Valencia sobre las siete de la tarde.
Habíamos recorrido 4.655 kms. Sin incidencias, sin averías en el coche. Y disfrutando y descansando.
¡La pena es que las vacaciones se habían acabado!
SALVADOR DE PEDRO BUENDÍA

lunes, 12 de septiembre de 2016

PERIPLO POR EUROPA 2016.- XI .- Camino de Cinque Terre, en Liguria, con paradas en Siena y Pisa


La ruta desde Florencia hasta Cinque Terre, en Liguria, hacía casi obligatorio pasar por Pisa, y en atención a uno de nuestros viajeros que no la conocía, decidimos desviarnos por la autovia algo avejentada y llena de curvas que comunica con Siena.
La carretera desde Florencia a Siena, aunque de dos bandas separadas y dos carriles por banda, dista bastante de poderse llamar autovía, por las rugosidades y bacheados que presenta, pese a lo cual siempre se agradece que al menos no haya vehículos circulando en sentido contrario. 
Los 55 kms, entre las capitales de Florencia y Siena se recorren en unos 45 minutos, aunque llegando al destino hay que acometer la tarea nada fácil de hallar aparcamiento, no en el centro de la ciudad, en el que el tráfico está muy restringido y casi prohibido, sino en las varias áreas habilitadas para el estacionamiento. Y hay que tener especial cuidado en no aparcar demasiado lejos, porque como Siena es una ciudad situada sobre un montículo, si se  deja el vehículo en lugar apartado, después hay que recorrer un incómodo trayecto siempre cuesta arriba.
Aunque el calor no era tan intenso como en Florencia, se hacía pesado el caminar, mientras admirábamos la planta medieval de esta capital, casi en circulo en derredor de un centro que podía ser la catedral (Duomo) y la plaza del Campo, en un plano inferior.
Recorrimos varias calles hacia arriba, visitando varios palacios, con especial atención al Ghighi, de un prohombre y noble que se ocupó especialmente de conservar y estimular la cultura musical.
Finalmente se alcanza la Piazza del Campo, emblemática por demás, de especial belleza por su amplitud, por la torre y palacio que la presiden, y en la que, como es sabido, se celebra cada año la famosa carrera del "Palio", en la que jóvenes jinetes contienden alrededor de la plaza en busca del trofeo final del ese palio o gran bandera.
La plaza está siempre muy concurrida y en su derredor se han instalado todos los bares y restaurantes que pudiera imaginarse, dando una vez más la censurable imagen de la Italia mercantilista que aprovecha el turismo.
Después de contemplar la preciosa plaza y tomar unas pizzas y un panini --bocadillo-- (en el suelo, pues ni un solo banco o asiento existía, salvo los de los bares y restaurantes) a precios un poco menos abusivos que los de las ciudades que habíamos visitado antes,  y ya repuestas fuerzas, re-emprendimos el ascenso hacia el Duomo, la catedral con una bella torre, del mismo mármol que la de Florencia, deteniéndonos en contemplar con detalle las artísticas estatuas insertas en la fachada y el bello retablo que preside la entrada principal.
Nos fuimos marchando (ahora cuesta abajo) en dirección a nuestro coche, porque queríamos pasar por Pisa (para contribuir un poco a que la famosa torre no se inclinara más), y salimos en dirección a dicha ciudad, por una carretera normal atiborrada de camiones y
tránsito, hasta que alcanzamos la autopista Florencia-Pisa, que nos permitió resarcirnos un poco de pasadas marchas lentas.
Cuando entramos en Pisa, hallamos un aparcamiento (¡barato!) en las cercanías de la ciudad antigua y entramos tras las murallas, accediendo al conjunto arquitectónico más famoso, en el  que, desde el primer instante, nuestro yerno, Pau, quedó boquiabierto al contemplar la torre con toda su inclinación, y se lanzó a hacer las tradicionales fotos del monumento con nuestra hija y él mismo en posiciones que semejaban sujetarlo, además de fotografiar, como no podía ser menos, la catedral y el baptisterio, otros preciosos ejemplos arquitectónicos.
Aún debíamos llegar a Beverino, dejando la región de la Toscana, en la que nos hallábamos, para entrar en la de Liguria.
Por la autopista Roma-Génova no demoramos demasiado en llegar a la salida hacia Beverino, por la que nos adentramos, en medio de frondosísima vegetación, en una serie de montañas y bosques, curvas en la carretera por doquier, hasta dudando de si nuestra ruta era la correcta, pero el navegador de nuestros móviles nos acercó bastante bien hacia el destino, en una quebradísima carretera, que de repente perdió el asfalto, aunque nos permitió llegar (roces con piedras del camino incluidos) hasta la casa que nos iba a acoger por tres noches.
Estaba iniciándose el ocaso, pero los mil aromas del bosque, y la frescura que emanaba la frondosa vegetación nos sedujeron al instante, y en llegando a la casa nos estaban esperando Daniele y Leticia, el dueño y su pareja.
Daniele solamente hablaba italiano, aunque muy inteligible, y Leticia hablaba bastante bien el español, ya que nos dijo que ella era de origen argentino, pero vivía muchos años ya en La Spezia.
Nos enseñaron toda la casa, que era una preciosidad por dentro, especialmente en su rusticidad, con mucho gusto equipada, hasta con jacuzzi, y tres terrazas.
Quedamos muy satisfechos del amable recibimiento y de lo que comprobamos, y hasta Daniele regaló a las mujeres unos tarritos de la miel que allí mismo se producía, pues en la planta de sótano, que por el desmonte se convertía en planta baja, existía explotación apícola con muchos panales de abejas.
Ya había anochecido y nuestro apetito se había incrementado con tantos estímulos visuales y olfativos, por lo que en una casa de Agriturismo cercana, previa recomendación de Leticia, cenamos
muy a gusto unos tortellini, penne y otras especialidades italianas, con un buen vino y unos postres de pannacotta que nos deleitaron
Al regresar a nuestra "casa escondida en el bosque", poco tardamos en buscar el descanso, ya que el día había sido duro.
Eso sí, antes de dormirnos, escuchamos como unos ruidos y arañazos sobre el techo de la casa, y reparamos entonces que se nos había dicho que en la zona bajo tejas moraban por las noches unos animalitos protegidos, de la clase ratonil, similares a los hamsters, que allí acudían por las noches para sus cortejos nupciales y cosas por el estilo.
¡Más natural imposible!
SALVADOR DE PEDRO BUENDÍA

sábado, 10 de septiembre de 2016

PERIPLO POR EUROPA 2016.- X.- Calor y turistas en la Florencia de los Medici

El viaje desde Mira, Venecia, hasta Florencia resultó corto y cómodo, porque llegando a Padova (35 kms) se tomaba en las cercanías de la ciudad de San Antonio la autopista que se dirigía a Bolonia, y desde esta capital, cruzado ya el río Po, hasta Florencia.
El panorama y el paisaje se presentaban como los típicos de una zona central de país mediterráneo, llana, con cultivos que denotaban la existencia de regadíos. Pero al entrar en la Toscana (región capitalizada por Florencia) se suceden los cerros y se accidenta el terreno, haciéndose el típico secano mediterráneo, con olivos, algarrobos y vides, con rincones de mucha belleza.
La entrada en Florencia es siempre complicada, y más en nuestro caso, porque debíamos dirigirnos a la zona allende la ciudad monumental, al otro lado del
río Arno, y esa parte de la urbe tenía muy restringido el tráfico, prácticamente reducido a los residentes. Suerte de que la policía no andaba vigilante.
Sea por lo que fuera, gracias al navegador nos acercamos al Palacio de los Pitti, y obviando las restricciones, llegamos a la calle Campuccio, en la que teníamos reservado un apartamento en planta baja.
A la llegada, sobre mediodía, nos esperaba Francesca, la dueña, que nos instruyó en lo necesario.
Comprobamos que era un apartamento pequeño, con un dormitorio interior y un baño diminuto y adaptado con mucha sencillez, una cocinita bien equipada aunque vieja y un salón con un sofá cama.
Como solamente íbamos a pernoctar en ese día no le dimos mayor importancia a la capacidad y tras reponer bebida nos lanzamos al calor de la ciudad, recorriendo las diversas calles de ese casco antiguo exterior, hasta llegar al "Ponte Vechio", sobre el Arno, tan concurrido como siempre y especialmente por turistas de imagen oriental.
Hicimos unas fotos y nos dirigimos hacia el centro, piazza del Duomo (catedral) para volver a admirar esas maravillas en mármol blanco que son el baptisterio y la propia catedral.
Turistas a cientos en derredor, casi era imposible hacer una foto sin que se introdujera algún desconocido, por lo que, sudando la gota gorda, optamos por degustar unos helados, muy buenos pero muy caros (6'50 euros un cono mediano), y por los que casi hubo que suplicar unas servilletas de papel. ¡Seguían los abusos con los turistas!
Encontramos buena información en la Oficina de Turismo municipal, y con un planito (para recordar mejor los itinerarios) nos dirigimos a la Piazza della Signoria, la bella plaza ornada de estatuas (el David,
por ejemplo) y la "Galleria degli Uffici". Nos llamó la atención que en el centro se ha instalado una fuente con una gran tortuga dorada.
Y en medio de un importante calor, envueltos en multitud de turistas, recordamos con paso cansino  los monumentos de la Iglesia della Santa Croce, la de Santa Maria degli Fiori, , recorrimos  las típicas vías, especialmente la Ghibellini, y optamos al cabo de tres horas volver hasta nuestro apartamento. 
Teníamos algo de apetito, porque ya había pasado con creces la hora de la comida, y fuimos comprobando en los abundantes y típico restaurantillos que se ofrecían en las históricas calles y plaza los precios y sus ofertas, aunque no nos convenció ninguna posibilidad, y menos tener que soportar nuevamente el pago del "coverto" o "coperto", que era pauta general, aunque en algún restaurante se le llamaba "servizio". Como mínimo encarecía 3 euros por comensal. ¡Seguía la explotación a los turistas!
Por lo que llegamos a nuestro apartamento, nos pusimos cómodos, aliviamos nuestra sed y nos preparamos unos bocados con la charcutería que aún restaba de la comprada en Austria. 
Nuestros jóvenes se fueron a continuar callejeando y llegaron cerca de la medianoche, satisfechos por haber cenado unas pizzas sabrosas. 
Charlamos un rato y nos fuimos a dormir, ya que al siguiente día queríamos visitar Siena y Pisa, para
llegar a alojarnos en Beverino, en los bosque de la Liguria no lejanos a Cinque Terre
Florencia había sido lugar de paso, de calor y de turistas. 
Valía la pena la vista de monumentos. 
El calor, las muchedumbres y las picarescas italianas, en modo alguno. 
SALVADOR DE PEDRO BUENDÍA

miércoles, 7 de septiembre de 2016

PERIPLO POR EUROPA 2016.- IX (parte 2ª).- Mucho calor en Venecia, abrumados por la picaresca desvergonzada para con el turista

Como nos resistíamos a sentarnos en las mesas que había a la sombra en Piazza San Marco, nos acercamos hacia su frente en el Gran Canal, y hallamos una de las pérgolas situadas sobre el agua, que presentaba en su frente una especia de bancada de madera, en la que nos sentamos mientras bebíamos unas botellitas de agua fresca para mitigar la sed. Estuvimos un rato allí sentados, hasta que llegó un hombre mayor, con indumentaria y aspecto de gondolero, y nos dijo enfadado que aquello era privado, y que solamente si pagábamos podíamos estar allí. 
Osé preguntarle cuál era el precio por estar sentado y con mala cara respondió que solo pagando una hora de viaje en góndola podía facilitarnos el asiento. 
Al decirle que estabamos pensado si tomabamos la góndola, nos dijo como enfadado que nos fuéramos y volviéramos cuando lo hubiéramos decidido.Pura cortesía con el turista y posible cliente...
Y enfrente de nosotros, en la especie de escalones que servían de acceso a las arcadas de los edificios de pla plaza, había turistas, especialmente jóvenes, sentados mientras bebían algún refresco, y observamos que llegaban unas personas no uniformadas pero con unas camisolas de color naranja que lucían en su espalda la leyenda "PIAZZA SAN MARCO", y obligaban con energía a las gentes para que se levantaran. 
Les pregunté por qué no dejaban a los visitantes sentarse un poco y respondieron con malos modos: "Para eso están los bares de la plaza!". ¡Claro, a 16 euros la cerveza...!
Cuando nos reunimos con la parte joven de nuestro grupo, nos contaron lo caro que estaba todo, aunque ellos habían comido una buena pizza, a precio algo normal. ¡También les habían clavado con el llamado "coverto" (cubierto), que por lo visto se consideraba obligatorio. 
Pasamos por encima de lo que eran evidentes abusos, y con el vaporetto nos dirigimos a la isla de Murano, en la que, casi sin tiempo de abandonar el barco ya fuimos abordados y casi dirigidos cual ganado hacia una cercana factoría de vidrio soplado, en la que se nos hizo una demostración sobre su
elaboración, para después acosarnos los vendedores en la sala de exposiciones casi obligandonos a comprar, a precios que nos parecieron caros y excesivos, en comparación con los que artículos similares tienen en España.
Pese al calor fuimos caminando al rededor del canal de entrada y visitamos la iglesia del siglo IX, reformada en el XIII, dedicada a la virgen María y a San Donato, que ofrece unos antiguos y bellos mosaicos.
Seguimos paseando pese al agobio climático, hasta que decidimos regresar a plaza San Marco en un vaporetto que demoró una hora. 
Había caído la tarde y minorado algo el calor, pero nuestros pies ya estaban muy cansados, por lo que volvimos a separarnos para retornar cada pareja por su cuenta a casa. 
Y así, cuando llegamos mi esposa y yo mismo a la Piazza Roma, punto de partida de nuestro autobús, como era necesario tomar algo, nos sentamos en la terraza de una pizzería (la única) y pedimos una pizza "romana" y dos cervezas, previo indicar que se nos retirara de la mesa (porque no los queríamos) un manojo de "grissini" que estaban en el centro de la mesa. Así lo hizo un camarero cuando nos trajo la pizza solicitada. 
Pero cuando pedimos la cuenta, en esta aparecía como primera partida, "coverto" por 6 euros. Al decirle al encargado que ese concepto era incorrecto porque habíamos rehusado esos "grissini", nos dijo que no entendíamos nada, porque eso del "coverto" eran los impuestos, y que en Padova se cobraba un euro por turista, y en venecia los cobraban de esa manera. 
Al decirle que no aceptabamos la justificación, que era puro engaña, se negó a rectificar, por lo que hice simulacro de telefonear a la policía, momento en el que devolvió esos 6 euros, diciendo que todos los
turistas éramos unos "sinvergüenzas". 
Aún tuvo que oírse de mi boca la castiza expresión italiana de "¡mascalzone!", cuyo significado parece molesta bastante a quien se le llama así.
Volvimos a casa en al autobús, cansados e indignados de tanto abuso, y tomamos una ligera cena para irnos pronto a la cama.
El siguiente día avisamos para que vinieran a recogernos las llaves en nuestra salida, y acudió una atenta empleada de la agencia AirBnb, que rehusó revisar el estado de la casa (estaba todo en orden e impoluto) y salimos en dirección a Florencia. 
Habían pasado solamente dos horas cuando recibimos en el móvil un mensaje de la citada agencia diciéndonos que el propietario de la casa (desconocido e ignorado en su nombre) reclamaba 200 euros de indemnización porque la encimera presentaba --a su decir-- un rayado de un cuchillo. 
¡Si  ni siquiera la habíamos usado!. 
En vez de llamar lo que se merecía al autor del mensajito, al llegar a España ya formulamos la oportuna denuncia a la autoridad competente de turismo en Venecia. 
Comentandolo con un diplomático italiano de Madrid nos espetó: "!En Venecia ejerce y mucho, la Cosa Nostra". Vamos, lo que en nuestro país llamamos "facinerosos".
Quien tega oídos que oiga...como reza el refrán. 
SALVADOR DE PEDRO BUENDÍA

PERIPLO POR EUROPA 2016.- IX (parte 1ª).- Mucho calor en Venecia, abrumados por la picaresca desvergonzada para con el turista

Después de haber descansado a satisfacción en la confortable casa de Mira, tomando un desayuno abundante que nos diera fuerzas y resistencia para la jornada que se avecinaba y presumíamos iba a ser pesada, nos llevamos la primera sorpresa desagradable de las que nos iban a llegar.
Se nos había anunciado que el autobús de la línea 53E tenía una parada enfrente de la casa, y que llevaba hasta la Piazza di Roma, en Venecia city, junto al Gran Canal.
Cierto que el autobús tenía una parada enfrente de la casa nuestra, PERO AL OTRO LADO DEL CANAL QUE HABÍA DELANTE, de manera que tuvimos que caminar más de un kilómetro y medio bordeando el canal, hasta encontrar un puente que nos
permitiera cruzarlo, y llegar a una parada de enfrente y en el otro margen. Por la mañana no hacía calor, por lo que no nos cansó el trayecto pero ya comenzamos a experimentar la doblez de la información.
El autobús circulaba con intervalos de unos veinte minutos, que es poco más o menos lo que hubimos de aguardar, y ya en él pasamos por Oriago, Mira y Malcontenta (aledaños de Venecia), y bordeando la zona de bases de cruceros, ya en medio de canales, llegamos a la Piazza di Roma, lugar de concentración de buses, desde la que un puente moderno, del inconfundible estilo Calatrava, permitía pasar a la otra orilla del Gran Canal..
Un atento policía municipal nos informó que aunque el puente era del arquitecto/ingeniero valenciano, se denominaba Ponte della Constituzione. 
No lo cruzamos, aunque de haberlo hecho
hubiéramos podido emprender la ruta a pie hasta la Piazza San Marco.
Optamos por dirigirnos a las cercanas taquillas de los vaporettos, y compramos unos tickets o billetes útiles por 24 horas, que nos podían permitir viajes sin fin y entrar a algunos palacios y museos.
Poco después llegó el barco de la línea 1, que navega --dícese que de forma más rápida que el de la línea 2-- por el Gran Canal hasta San Marco, y que iba atestado de viajeros, turistas de todas las nacionalidades, con el exotismo de los japoneses y negros americanos, incansables en sus filmaciones y fotografías.
El viaje en el vaporetto causó sorpresa y admiración a Pau, nuestro yerno, abrumado por la perspectiva de los palacios como arropando la magnífica vía acuática, de manera que se dedicó a hacer fotografías de todo, algo en lo que también incidimos sus acompañantes (pese a que ya conocíamos Venecia de anterior viaje), gozando a cada nueva vista y especialmente al pasar por debajo del puente Rialto y visionar las estaciones de góndolas y los canales pequeños que partían del grande, perpendiculares a los edificios, y se perdían hacia el
interior.
Al cabo de una media hora llegó el barco a uno de los múltiples embarcaderos de la Piazza San Marco, y allí al calor, que ya se incrementaba, se unió una turba de turistas, cual hormigas en procesión, que lo ocupaban todo, y especialmente la plaza, dando sensación de mayor agobio.
Decidimos que el sector joven de nuestro grupo se fuera por separado a descubrir Venecia, y mi esposa y yo quedamos para un recorrido más sosegado, que nos llevó por las callejas a muchos de lo pasos sobre canales y canalillos, en los que nos detuvimos muchas veces para comprobar la destreza con la que los gondoleros sortean las esquinas y guían sus embarcaciones valiéndose de un solo remo.
Como el calor aumentaba, y la humedad reinante lo hacía más molesto, pensamos en sentarnos de la terraza de alguna cafetería para beber algo fresco,
deteniéndonos finalmente en la plaza San Marco, aunque al comprobar los precios de una cerveza de barril si se tomaba en la mesa (16 Euros) buscamos un establecimiento más modesto y menos caro.
En la calle Larga S. Marco 654 hallamos una especie de tasquita llamada Caruti&Caruti, en la que aparecían en el expositor una especie de tapas.
Tomamos asiento en su interior y pedimos sendas cervezas al tiempo que una especie de albóndigas de bacalao y unas brochetas de surimi.
Tras consumir un café "piccolino", por lo exigüo,
pedimos la cuenta y en ésta tuvimos una nueva sorpresa sorpresa: Al importe de lo consumido (no barato) se adicionaba un concepto llamativo "servizio 12%". ¡Y se decía que el servicio estaba comprendido en los precios! Al preguntar, ni caso se nos hizo.
Sobre el tema de los recargos y cobros abusivos sin aviso íbamos a tener más sorpresas a lo largo del día, pero de ello comentaré en la siguiente parte de este capítulo. 
¡Y vaya calorazo que estábamos sufriendo!
SALVADOR DE PEDRO BUENDÍA

lunes, 5 de septiembre de 2016

PERIPLO POR EUROPA 2016.- VIII.- De Pians a Mira, en Venecia, de atasco en atasco

Como tantas experiencias inolvidables en la vida, los días de estancia en Silvretta pasaron raudos, y nos hallamos ya en un sábado 27 de Agosto, en el que teníamos programado dejar el apartamento/casa de Pians, para consumar la siguiente etapa, que no era otra que llegar hasta la italiana Venecia. 
De esta manera, sin madrugar demasiado, recogimos nuestros equipajes, preparamos un ligero condumio (bocadillos con charcutería tirolesa) y cargamos el maletero de nuestro coche. 
Al momento de partir, la inefable María, nuestra anfitriona, apareció solícita para despedirnos, y nos recomendó que evitáramos ir a Italia por el Brenner Pass, o paso del Brenero, porque en fechas clave de principio y fin de vacaciones se suelen generar grandes atascos. 
No dimos demasiada importancia al consejo y salimos por la autor pista en dirección a Innsbruck. La vía no presentaba un tráfico especial, y al llegar al
cruce hacia Italia, tomamos la autopista hacia el Brenero. 
Ahí nos acordamos de nuestra anfitriona María, porque a los cuatro o cinco kilómetros de ascensión topamos con un taponazo de tráfico que nos tuvo detenidos un buen rato, y cuando se “desperezó” la circulación, lo hizo lentamente y a ratos, de manera que más de tres horas fueron necesarias para alcanzar la frontera italiana, tras la que siguió el atasco, con lentitud circulatoria hasta más allá de Trento. 
Cuando el tráfico se normalizó ya pudimos viajar a mayor velocidad y llegamos al cruce de Verona, en la autopista Milán-Venecia, que pareció bastante descongestionada, aunque antes de Padova volvió a
complicarse la circulación, forzándonos a demorar más de ocho horas en la arribada a nuestro destino, en cuyo trayecto nunca debimos de necesitar más de cuatro horas en condiciones normales. 
La casa de nuestro destino, situada en Mira, una población al suroeste de Venecia, estaba situada frente a un canal que derivaba de la ciudad de los canales, y cuando llegamos ya nos estaba esperando la empleada de la agencia que se ocupaba de los alquileres, quien nos facilitó el acceso. 
La casa era bastante nueva, de dos pisos, y con una amplia zona verde posterior, con muebles y dotación de bastante calidad, y en general confortable, aunque con un solo baño para los cuatro viajeros que éramos. 
Nos relajamos preparando una ligera colación como
cena, y bastante pronto nos fuimos a la cama, porque el siguiente día pretendíamos visitar Venecia, y por el calor reinante ya se adivinaba un día difícil.
Y así pasamos el día de cambio de país, de atasco en atasco y del frío y límpido aire del Tirol, al calor húmedo de la zona cercana al mar que albergaba Venecia. 
SALVADOR DE PEDRO BUENDÍA

domingo, 4 de septiembre de 2016

PERIPLO POR EUROPA 2016.- VII.- Cruzar las montañas desde Ischgl hasta Samnaum, en Suiza

En nuestras excursiones y caminatas por los Alpes de Silvretta habíamos ido recogiendo información de excursionistas de todas las nacionalidades sobre itinerarios interesantes, y una sugerencia que nos interesó se refería atravesar la cadena montañosa austríaca, hasta llegar a Suiza, concretamente a la localidad de Samnaum.
Hasta dimos con un folleto de los muchos e interesantes que edita Silvretta Card, en el que con el título “Engadin Samnaum” se insertaba un mapa de las montañas y los remontes a seguir desde Ischgl.
Esta vez tomamos el coche para llegar antes al aparcamiento de los Silvrettabahn 1 y 2 (los telecabinas de 323 y 638 metros de recorrido sucesivo, superando unas altitudes de 1.954 y 1.984 metros, respectivamente), hasta llegar a Idalp, a 2.320 metros de altitud –donde hay un buen y adecuado restaurante self-service con cafetería y vistas panorámicas increíbles--, y desde el fin del telecabina alcanzar en descenso suave el telesilla Idjochbahn, o B3, que a lo largo de 461 metros, eleva 1.797 metros, hasta una altura de 2.797 metros, la superior de todo el recorrido.
En el traslado caminando de un remonte al otro, se notaba como una especie de disnea que no llegaba a ahogo (para los menos iniciados, como quien
escribe), pero que hacía sentir de veras la montaña, al igual que las cremas de protección solar de las féminas pugnaban por salirse los tubos (menor presión atmosférica).
Alcanzada la altura máxima, al dirigirnos al telesilla Filmsattelbahn, pasamos por unas casetas a izquierda y derecha del caminito, cerradas ambas y con signos de desuso, en cada una de las cuales un rótulo indicaba “Stadt Granze” (frontera del estado), bien que en una la bandera era la austríaca y en la otra la suiza.
En el Filmsatttelbahn descendimos unos 490 metros, durante 2.722 metros, hasta llegar, obviamente ya en territorio suizo, a un descenso de 228 metros, durante 1.056 metros de recorrido.
Y por fin se accedía a un amplio y grande telecabina (de dos pisos y capacidad de 180 pasajeros (110 en la planta superior de la góndola), denominado Twinlinner nos condujo 2.300 metros, descendiendo una altura de 722 metros.
Al llegar se anunciaba esperando a los viajeros un autobús –gratuito— a Samnaum, que en unos minutos subió un par de cuestas y llevó a la parte alta de esta población suiza, que se anunciaba como ”Duty Free Shop”.
No otra cosa era la población, porque a lo largo de una calle descendente solamente se veía tiendas de toda clase y algunos hoteles y bares.
Los precios podrían ser algo más bajos (la gasolina se anunciaba 60 céntimos/litro más barata que en la Suiza de las autopistas) y se ofrecía toda una enorme gama de perfumes y bebidas y cosas propias de los “Duty Free”.
Un sentimiento de desencanto nos invadió, y al final excepto una navaja suiza y un caro café bebido en una terracita (4’90 Euros) de poco más nos sirvió la aventura.
Sobre las 13’30 horas emprendimos el regreso, “desandando”, por así decir, el camino de venida, y sobre las 15’30 ya estábamos en la Cafetería de Idalp, Austria, claro, degustando una buena cerveza.
Cuando llegamos a la base del telecabina final, ya en Ischgl, nos desplazamos en el coche aparcado y bien calentito por el sol, hasta Landeck, y en unos supermercados de las cercanías adquirimos carnes y salchichas muy variadas para la barbacoa que pretendíamos preparar por la tarde/noche. Iba a ser como nuestra cena de despedida.
Y así aconteció cuando volvimos a nuestro alojamiento en la (¡ay, qué pena!) última tarde/ noche de estancia.
Nuestro yerno Pau, siempre tan habilidoso y bien dispuesto, preparó la base de la barbacoa, siguiendo los consejos de Bernard, el hijo de la Sra. Kaufmann, y al cabo de un rato nos sentamos en el comedorcito rústico que había en la jardín, para deleitarnos con unas salchichas austríacas, costillares marinados, deliciosa panceta y buenos filetones de cerdo,
regándolos con cervezas tan buenas como siempre.
Se agregó a la reunión la esposa de Bernard, Beata, y terminamos entre todos con las existencias, al tiempo que apareció la patrona, María Kaufmann con unos aguardientes (Schnaps) de fabricación casera, con los que brindamos por nuestra amistad y quedamos comprometidos a seguir manteniendo nuestros contactos, porque habíamos pasado de ser huéspedes a ser amigos, pese a comunicarnos en inglés principalmente.
Ya era tardecito cuando concluimos el encuentro y fuimos a descansar, otra vez al son del alegre discurrir del cercano río.
Esta primera etapa de nuestro Periplo 2016 había resultado inigualable.
¿Qué acontecería a partir de mañana, entrando en Italia?
SALVADOR DE PEDRO BUENDÍA

PERIPLO POR EUROPA 2016.- VI.- De Pians y Landeck a Innsbruck, siguiendo el río Inn

No podíamos perder la ocasión de visitar Innsbruck, puesto que una vez más estábamos en el Tirol, y esa ciudad estaba proclamada o considerada como la capital del Tirol de Austria. Especialmente porque Pau, nuestro yerno, no conocía la atrayente población, y porque mi esposa y yo, con nuestra hija Katia, deseábamos rememorar un viaje vacacional que allá por 2.008 habíamos realizado desde España a Ucrania, en el que una de las etapas había finalizado en Innsbruck. 

Así que, siguiendo el río Inn desde Landeck, accedimos a la bastante bien cuidada autopista austríaca (es de peaje, aunque no con estaciones de cobro, porque el coste se paga mediante la “vignette” que ya estaba adherida en nuestro parabrisas), por la que, como la velocidad estaba limitada a 110 kms/h,
pudimos disfrutar de los verdes prados en las vertientes de las montañas, mientras que en el cada vez más amplio llano se presentaban cultivos de regadío, principalmente maíz. 
La distancia hasta Innsbruck, de unos 85 kms. se cubrió en una hora más o menos y la llegada a la ciudad nos impactó en cierta manera, no solamente por un calor bastante notable sino por la proliferación de turistas, que, cual hormigas o enjambre de abejas, todo lo inundaban. 
El contraste entre la vida al aire libre de Pians y Silvretta y en grandes espacios como la que habíamos disfrutado en días precedentes, contrastaba con el casi agobio de tantas personas en todas partes, especialmente en la zona de la María Theresien–strasse, la animada calle que conduce directamente a la auténtica y verdadera Altstadt (ciudad antigua), rodeada por el Marktgraben y Burgrabben, con un trazado de paseo triunfal y marcado por las perspectivas contrapuestas del trampolín olímpico y las cimas del Nordkette, con la inconfundible silueta de la catedral. 
La calle es peatonal y arranca desde el arco de triunfo (Triumphforte), construido en 1765. 
Destaca el Palacio Sarntheim, edificio barroco de 1680, al principio de la calle, y más adelante, la iglesia Servitenkirche, de 1614, con un importante retablo de la Sagrada Familia en su altar mayor. 
En línea recta se accede directamente a la Herzog-Friedrich-Strasse, la calle más característica de la Altstadt, que atraviesa el centro histórico formando una L, que flanquean pórticos decorados con bonitos emblemas. 
Las innúmeras tiendas conducen al turista, si no se detiene demasiado en ellas, hasta el antiguo ayuntamiento (Altes Rathaus), coronado por su torre (Stadtturm), que conduce a la atracción ciudadana más procurada, el llamado “tejadillo de oro” (Goldener Dachl), porque parte de él es una saliente que se dice cubren 2.657 láminas de cobre dorado al fuego, y que reza la historia que fue mandado construir por el emperador Maximiliano I de Habsburgo entre los siglos XV y XVI. 
Todo el casco antiguo es atrayente, aunque la multitud de turistas entorpece la deambulación y hasta hace poco grato detenerse para visionar todos los interesantes edificios. 
Al final, tras visitar el Hofburg, palacio que fue de la rama tirolesa de los Habsburgo, nos adentramos en un restaurante ya conocido de nuestro anterior viaje, y comimos unas carnes y especialidades austríacas, con las siempre apreciadas cervezas de barril (bier von fass), que en los países de cultura alemana
resultan imprescindibles. 
Como el calor era intenso (en contraste con el clima disfrutado en el valle de Silvretta), decidimos emprender el regreso, pero por la carretera normal, con el fallido intento de llegar por el Fernpass hasta Reutte, porque la “sección femenina” objetó a tantas curvas. Y de esta manera retornamos a Landeck, en la que una visita al supermercado nos procuró nuevos panes y carnes – el pescado en Austria casi brilla por su ausencia- y en llegando a nuestro apreciado alojamiento nos relajamos de nuevo junto al río, cenando unos fiambres. 
Otro día tirolés interesante, no solo por la visita a Innsbruck, sino porque nos había permitido
contrastar nuestra ansiada vida en entornos naturales con la vida urbanita, que al fin y al cabo ya la teníamos a diario en Valencia. 
Pero para eso están las vacaciones. Para experimentar nuevas sensaciones y disfrutar con vivencias diferentes de las habituales.
El Tirol seguía apoderándose de nuestras sensaciones. 
SALVADOR DE PEDRO BUENDÍA