THE MONUMENT VALLEY, ARIZONA, USA

THE MONUMENT VALLEY, ARIZONA, USA
La magnificencia del paisaje en The Monument Valley, la belleza del entorno, las reminiscencias de un pasado de tantos y tantos viajeros que cruzaron el Far West, protagonizando aventuras míticas entre las tribus indias y buscando un futuro mejor...Y al igual que esa ruta invita a seguir hasta más allá del horizonte, hasta el infinito, el Monument Valley, suscitando mil experiencias viajeras y recuerdos, se convierte en el icono de este blog que pretende rememorar las emociones y experiencias del conocimiento de nuevas tierras, nuevas culturas y nuevas gentes. Sin descartar que invada la nostalgia evocando vivencias personales de épocas ya pasadas pero nunca olvidadas.

martes, 18 de abril de 2017

Pascua 2017 en Ucrania (III): La celebración popular con los Pysanky

La tradición ucraniana de decorar los huevos para la celebración de la Pascua alcanza su mayor y más genuina expresión con la pintura y el adorno de huevos grandes (suelen ser de avestruz) y de madera, los llamados Pysanky.
En este cometido hecho arte es una auténtica pionera y maestra mi apreciada y nunca bien ponderada amiga, la Dra. Cristina Serediak, quien, no obstante residir en la Argentina, hace gala de su patriotismo ucraniano, pues sus orígenes y ancestros fueron del país del Dniéper.
Y la Dra. Serediak se ha convertido en paradigma para la elaboración de esos huevos decorados, los Pysanky, que imitan muchos ucranianos por todo el mundo (la diáspora ucraniana es sobresaliente), y hasta ha publicado un interesante libro, que es fundamental para el conocimiento de esta tradición.
Pues bien, el segundo día de Pascua decidió nuestra familia desplazarse hasta Kiev, puesto que en la gran explanada entre las catedrales de San Myhail y Santa Sofía, se había implantado más de un centenar de huevos decorados, con mención de sus autores.
La zona estaba concurridísima de familias con los pequeños y no tan pequeños, que iban visionando y repasando los bellísimos huevos decorados, al tempo que los menudos gozaban de las atracciones de feria propias para ellos.
Con el fondo de la Myhhayliski Sobor (Catedral de San Miguel) y de la Sofyivsky Sobor (Catedral de Santa Sofia, del siglo XI), la gran plaza que adornan las esculturas de la princesa Olga, flanqueada por los Santos Andrés y Cirilo, de una parte; y el monumento ecuestre al renombrado guerrero Bogdan Khmelnitskyi, era un fluir de visitantes, entre los cuales sobresalían esos preciosos huevos.
Estando por allí con nuestra nieta Milana, se unió a nosotros Alexis (Alosha), nuestro nieto mayor en Ucrania, con su preciosa novia, Alla, que nos brindaron un nuevo aire de juventud y frescura, y con quienes paseó toda la familia hasta que decidimos tomar algo y nos adentramos en un nuevo Croissant bar, en el que degustamos variados y sabrosos croissants, guarnecidos de dulces o salados complementos.
La tarde derivaba a algo fresquita (unos 5 grados), por lo que optamos por retirranos y volver a nuestro refugio de Vyshgorod, tras otra entrañable y deliciosa jornada ucraniana.
Y seguía la Pascua, porque concretamos para el siguiente día comer todos juntos una paella valenciana (en la medida de lo posible, dependiendo de los ingredientes que se hallaran en las tiendas), cuya comida, como no podía ser menos, correspondería preparar al más valenciano de la familia, que ya puede suponerse quién es.
Del resultado de esa paella con pollo y verduras ucranianas, y con agua del Dniéper, ya habrá cumplida crónica.
Esperemos que sea buena...
SALVADOR DE PEDRO BUENDÍA

Pascua 2017 en Ucrania (II): El Día Grande y su celebración entrañable con familia y amigos

La Pascua, en general, y el primer día de esta celebración en particular, son de especial e intensa conmemoración en Ucrania.
La noche previa las gentes acuden a las iglesias de todos los credos y religiones y llevan consigo las cestas con los dulces llamados Paska (parecidos a los panquemados españoles) más frutas y otros condumios, que son bendecidos por el sacerdote, y
tras una breve oración en el interior de la iglesia, se regresa a casa, para desayunar esos alimentos ya bendecidos.
Por nuestra parte renunciamos en esta ocasión acudir en la vigilia a la iglesia porque arrastrábamos la noche de sueño incompleto con motivo de nuestro vuelo de venida, pero no nos sustrajimos a la
invitación (ya hábito y tradición) que nos había hecho nuestra "magna mater", la Dra, Ludmila, para acudir a su precioso chalet cercano a los lagos de Osokorky, en la  zona al oeste de la ciudad de Kiev, y en el que los últimos años habíamos compartido mesa y amistad con sus dueños, familiares y amigos.
En esta ocasión acudimos con nuestro hijo y su esposa, y la pequeñita Milana, recogiendo en el camino a la Dra. Elena Bratus, otra gran amiga, con quien tantos y tan buenos ratos tenemos compartidos.
Era más o menos la una de la tarde cuando arribamos al chalet, en el que ya nos esperaban la Dra. Ludmila, su esposo, el ilustre Dr. Dimitrij Stetchenko, y su hijo Sasha con su esposa, Elena.
En el amplio salón, que calentaba una chimenea con potente fuego (no se olvide que la temperatura exterior rondaba los diez grados centígrados), ya
estaba dispuesta una gran mesa repleta de manjares tradicionales, con los huevos cocidos decorados, la charcutería típica ucraniana, ensaladas de la región, fuentes de pescado y carne, un montón de botellas de vino, vodka, zumos, coñac y demás; y una buena batería de vasos y copas, para las distintas bebidas.
Pronto nos acomodamos los comensales, y la anfitriona nos aportó una especia de arroz que hemos dado en titular "paella ucraniana", con sabor a pescado y marisco.
Mientras corría el vino y el vodka, fuimos degustando con placer los platos ofrecidos, siempre entreverados con los brindis tradicionales, por los reunidos, por las familias, por las mujeres presentes, por la paz, por el
bienestar y una serie interminable de motivos, que debían terminar (no aconteció en este caso) con el brindis por el caballo (na koñak) por el caballo...que tiraría del carro hasta nuestra casa cuando ya los efectos del etílico no nos hicieran aptos para guiar.
A los postres, abundantes frutas, incluidas piña tropical y naranjas (no españolas, desde luego), más ese dulce que nunca falta, la Paska, siempre tan bien decorada, que en este caso se acompañó de otro dulce aportado por la Dra. Elena, y que había mandado desde Italia su hija Masha, que reside con su esposo en el país transalpino.
Hubo un buen paseo por los alrededores, para tomar después el café o té, y todo ello en medio de un clima de afecto y entrañable vivencia familiar que siempre nos ha resultado cautivador y entrañable, además de muy añorado en la España nuestra que cada vez se enfría más en estos menesteres de la vida en común.
Cuando se avecinaba el ocaso emprendimos el regreso a Kiev y Vyshgorod, para terminar repasando las vivencias del día y sentir con emoción aun
pervivente los efluvios especiales de la celebración de la Pascua en Ucrania.
La frase "Христос Воскресе" (Cristo ha resucitado) y la respuesta "Voystino Xpistoc Boskrece" (En verdad ha resucitado) bien denotan que la espiritualidad sigue primando las relaciones familiares y de amistad. Que siga así.
SALVADOR DE PEDRO BUENDÍA

lunes, 17 de abril de 2017

Pascua 2017 en Ucrania (I): Un vuelo noctámbulo y casi bohemio, con una escala inverosímil


Un año más mi esposa y yo decidimos “acercarnos” hasta Ucrania, para aprovechar las festividades españolas de la Semana Santa y visitar en Kiev a los familiares (hijo, esposa y nietos) que allí tenemos, más compartir esos días con los buenos e inolvidables amigos con quienes, pese a la distancia, seguimos manteniendo una fluida, intensa e íntima relación de amistad.
La decisión la tomamos con bastante antelación, allá por mediados del mes de febrero, comenzando por explorar las diferentes posibilidades de vuelos, buscando la más económica, y tratando de viajar desde Valencia hasta Kiev de manera directa y con las menos escalas posibles.
Lo primero con lo que topamos fue la práctica inexistencia de vuelos directos desde Valencia, ya que desde España hasta Ucrania casi todos los vuelos se realizaban partiendo de Madrid y Barcelona, y si se pretendía iniciar el viaje aéreo desde Valencia, había que optar por un vuelo de conexión en compañía española, con poco margen de tiempo para el tránsito y con el ya consabido y demostrado riesgo de extravío de equipajes en cuanto estos se cambian de avión.
En estos menesteres y cavilaciones nos hallábamos cuando encontramos (en Internet, claro, que es la herramienta que habitualmente utilizamos para estos menesteres) que Ukraine International Airlines ofrecía un vuelo Valencia- Kiev Boryspil, con escala en Ivano-Frankivsk (la capital de la región u oblast
de Pre-Carpatia), cuya escala –inexplicada— se cifraba en el viaje de ida de una hora de duración.
El precio resultaba alto y caro si se compara con las ofertas con las que bombardean los operadores aeronáuticos en el seno de la Unión Europea, ya que, si se transportaba equipaje (existía la posibilidad de solamente equipaje de mano), su montante se aproximaba a los trescientos euros.
(Hago aquí un inciso para recordar que cuando inicié mis viajes a Ucrania, hace casi veinte años, los costes de los billetes de ida y vuelta eran casi el doble, por lo que si actualmente nos quejamos, es, o por mal acostumbrados, o porque pensamos que las compañías aéreas siempre ganan cantidades fabulosas)
Como precios más baratos no hallábamos en las fechas que nos convenían, nos decidimos en fin por comprar los billetes para salir desde Valencia el Sábado Santo y regresar el 24 de abril, aprovechando que en Valencia era fiesta local.
Lo sorprendente era el horario: Salida de Valencia a la 1’30 de la madrugada de ese sábado. Llegada a Ivano-Frankivsk a las 6 de la mañana, hora ucraniana (una hora más). Salida de esta capital a las 7, para llegar al aeropuerto de Kiev Boryspil (el principal y más internacional de la capital ucraniana) a las 8’15.
Y para el regreso, la opción era aun más inhabitual: Salida de Kiev a las 9’30, con llegada a Ivano-
Frankivsk a las 10’45, y escala ¡hasta las 21’30! en esta capital, para llegar a Valencia a las 00’30 del siguiente día.
Pese a lo “exótico” de la posibilidad de viaje, nos decantamos por esta alternativa, contando con que embarcaríamos el equipaje siempre pesado en Valencia y lo recogeríamos en Kiev, evitando o los riesgos de pérdida en los tránsitos o las molestias de subirlo y bajarlo de los trenes o autobuses o aviones para llegar a los aeropuertos de Madrid y/o Barcelona.
Y, andando el tiempo, llegaron las fechas de la partida, y ahí estábamos saliendo de nuestro domicilio valenciano a las once de la noche, y llegando al casi desierto aeropuerto de Valencia, para esperar en no muy larga cola la facturación (ahora siempre llamada “check-in”)
El mostrador destinado a nuestro vuelo comenzó a operar cerca de la medianoche, y al frente del mismo estaba una tierna jovencita, cuya tímida y asustadiza mirada denotaba que poco impuesta estaba en la materia, pues por cada pasajero invertía casi diez minutos en el tecleo interminable para expedir las etiquetas del equipaje.
Sea como fuera, la realidad es que poco después de las doce y media de la noche ya estábamos sentados en la sala de espera próxima a la puerta de embarque, que era la única con gente, y hasta pudimos ver por el mirador cómo tomaba tierra el avión de la compañía aérea ucraniana, que se conectaba con el brazo articulado (“finger”) cercano a nosotros.
Unos cuarenta minutos antes de la hora de salida, dos agentes de policía se situaron en la cabinita que hay delante del acceso, para el control de pasaportes, que para los españoles se les limitaba a una ligera visualización de la fotografía y vigencia, y para
los extranjeros demandaba la presentación de la tarjeta de estancia o residencia, en su caso, más el sellado o estampilla de salida.
Con más de veinte minutos de adelanto accedimos al embarque, y comprobamos que la aeronave era un moderno avión Embraer 190, de unos cien asientos, aunque , paradojas del destino e ineficiencias de los operarios en tierra, se nos había asignado asientos separados, pese a haber efectuado la facturación de los primeros pasajeros. (¡Ay, la jovencita empleada de la facturación!)
Y ya sentados en nuestras plazas (el avión iba casi completo) se produjo el despegue con cinco minutos de antelación. Los asientos eran cómodos y los vecinos de plaza no incomodaban, aunque ese vuelo noctámbulo era toda una incógnita.
Al despegue se quedó la cabina casi a oscuras, y para leer fue necesario conectar las luces individuales, lo que se hizo nuevamente preciso cuando el avión ya había alcanzado su altura de crucero y se había efectuado por las azafatas de cabina (por cierto, unas ucranianas bien guapas) un casi simulacro, por lo corto, de servicio de bebidas y algún que otro alimento sólido, eso sí, previo o simultáneo pago a precios "de altura" (3€ un café o un botellín de agua).
Hecha la penumbra, como mi asiento ni siquiera estaba junto a la ventanilla, no pude distraerme con mi hábito de visionar desde la altura las lucecitas de las zonas o ciudades por las que se hacía el periplo,
de manera que intenté dormitar (dormir era difícil) hasta que unas dos horas y media después del despegue se comenzó a vislumbrar por las ventanillas la tenue luz que anunciaba la incipiente aurora (al viajar hacia el este, se adelantaba).
Cuando ya las posaderas exigían cambios posturales, allá sobre las cuatro y media de la madrugada (hora española) la reducción de potencia de los reactores denotó que el aterrizaje se avecinaba, y, efectivamente, a las 4’45 (5’45 Ukrainian time) la aeronave tomó tierra en el amplio pero vacío y sin aviones aeropuerto de Ivano- Frankivsk.
El pequeño edificio de la terminal estaba cercano a la zona en la que estacionó el avión, pese a lo cual hubo que tomar un autobús (el único existente) que cruzaba los escasos doscientos metros hasta el edificio. Más tiempo en subir y bajar y esperar que si se hubiera recorrido el trayecto a pie.
A la entrada pude comprobar que el edificio era el mismo que veinte años antes había utilizado en un pintoresco vuelo doméstico desde Kiev, aunque algo remozado. Y hubimos de pasar el control de pasaportes (en esta ocasión se estampillaban los nuestros), pero, ¡oh sorpresa! había que recoger las maletas que habíamos facturado en la esperanza de que llegaran hasta Kiev, porque se nos dijo que había que volver a escanearlas y facturar otra vez, por lo que, con ausencia total de carritos portaequipajes, se nos implicó en el arrastre de esas maletas más los pequeños carritos de mano, hasta
una sala diminuta, en la que unas funcionarias de avanzada edad, con visión dificultosa y problemas en el uso de obsoletos ordenadores, trataban de hallar nuestros nombres en la lista y expedían nuevas tarjetas de embarque, además de nuevas etiquetas para las maletas, que antes habían tenido que sufrir un nuevo escaneado. (Mi esposa comentó que ello era al más puro estilo soviético de antaño)
Y los pasajeros aún hubimos de experimentar nuevamente ese incordio que es el arco detector de metales, y sacar el ordenador del carrito, depositándolo en las bandejas… ¿Quién había pensado en vuelo sin las molestias de los tránsitos?
El cuerpo pedía un café o un poco de agua, pero el diminuto bar se hallaba antes de la zona de embarque, por lo que hicimos de la necesidad virtud y con estoicismo accedimos a una sala de espera que era probablemente la más pintoresca conocida en los
últimos tiempos, con una treintena de sillas de bar alineadas frente a un ventanal, y nada más. Eso sí, los servicios sanitarios al menos estaban limpios…
La “Ucrania profunda” de tiempos atrás vino a nuestra mente, aunque pronto volvimos al autobús que nos evitaba caminar los doscientos metros hasta el avión, y casi en seguida éste despegó, permitiéndonos en su ascenso gozar de la visión de la inmensidad de los Cárpatos, con sus cumbres bien nevadas. Algo era algo.
El vuelo hasta Kiev, con duración anunciada de 75 minutos, demoró poco más de 45, y fue cómodo, con la ventaja de que se nos ofreció un vaso de agua, ¡sin pagar!
El aeropuerto de Kiev Boryspil es una moderna obra, de enorme amplitud, inaugurada para la Europa de fútbol 2012, y las maletas pronto afloraron por la cinta transportadora, de manera que a las 8 de la mañana ucranianas ya nos sentábamos en el coche que nuestro hijo había traído al aeropuerto y que, por
cortesía de nuestra querida amiga y eximia catedrática, la Dra. Ludmila, íbamos una vez más a usar durante nuestra estancia.
El tiempo era fresquito, con huellas de reciente lluvia, y había que abrigarse, más cuando llegamos poco después de las 9 a nuestra casa de Vishgorod, cercana a los bosques, en la que nuestra nuera, Kateryna, y nuestra nietecita Milana nos acogieron con todo cariño, especialmente la pequeñita, quien pese a sus dos años de edad y que desde doce meses antes no nos había visto, se integró con nosotros y comenzó a chapurrear con bastante sentido frases y palabras.
Las expresiones “babushka” y “diedushka” (abuela y abuelo) pronto salieron de su boca, augurándonos unas próximas felices convivencias con la casi bebé.
Después de un magnífico desayuno, con varenicky y otras especialidades, nos tumbamos un rato en duermevela, para paliar en cierta manera las vivencias de una noche aérea, diferente y casi bohemia…
Menos mal que el límpido aire de los bosques cercanos y la sensación de vida en familia nos anunciaban normalidades que bien ansiábamos.
Y seguiré contando, porque el siguiente día era Pascua.
SALVADOR DE PEDRO BUENDÍA

domingo, 8 de enero de 2017

ESTA ESPAÑA NUESTRA: LANZAROTE. UNA NAVIDAD ENTRE VOLCANES (y VII)

El último día y las últimas horas: El Jardín de Cactus, Arrecife, Puerto Rubicón, La Santa y el regreso
Burla burlando, se nos estaban agotando los días de estancia en esta singular isla volcánica, y aún nos faltaba visitar alguna que otra atracción.
Así pues, en llegando a la circunvalación de Arrecife, orientamos nuestro automóvil hacia el norte, por la LZ-1, desviándonos en Tahiche en dirección Guatiza, en cuyas proximidades está enclavado el Jardín de
Cactus, otra de las obras y diseños del inigualable César Manrique.
Había poca gente visitándolo, por lo que pudimos movernos en el Jardín con toda tranquilidad, recorriendo todas y cada una de sus escalas con detalle, para observar la enorme variedad de cactus, de todos los países y de todos los tamaños y formas , con predominio de los originarios de Méjico, Bolivia y Argentina, 
aunque con la presencia también de especies asiáticas y africanas.
Espectacular e interesantísimo.
La variedad es enorme y como el Jardín está dispuesto como en una sima u hondonada volcánica, las diferentes perspectivas resultaban subyugantes. Hubiera sido un error no visitar esta atracción, que es de las más cualificadas de Lanzarote.
Después de la visita durante un par de horas, descendimos por carretera hacia el sur, hacia la capital de Arrecife, en la que nos vimos como atrapados en las calles cercanas al mar y al puerto, estrechas, llenas de curvas y sin espacios de aparcamiento, aunque finalmente hallamos un parking de pago que nos permitió liberarnos del automóvil y pasear por las vías comerciales, con muy pocas tiendas abiertas en ese momento, llegándonos a la iglesia matriz de San Ginés, con reminiscencias de las épocas de las expediciones náuticas de la corona de Castilla, y paseando de nuevo hacia el Charco de San Ginés, en el que volvimos a la tasquita de La Bulla, en la que disfrutamos de unas tapitas que engañaron nuestro
apetito, y nos permitieron seguir hasta el castillo de San Gabriel, introducido en el mar (en medio del mucho viento de la zona), en cuya fortaleza, muy bien rehabilitada, seguimos el atractivo museo de la historia de Arrecife.
Un poco molestos por la ventosa jornada, retomamos el coche y, por San Bartolomé, nos fuimos hasta La Santa, donde, en las cercanías del puerto, observamos cómo los surfistas gozaban del oleaje en las cercanías de la Caleta de Famara, hasta que el ocaso nos advirtió de la prudencia de llegarnos hasta el alojamiento.
Era la última noche de estancia y queríamos consumir los pocos alimentos isleños que nos quedaban, y por ello los restos de choco (sepia) a la plancha con salsa "meri", y de quesos, bien regados de vino lanzaroteño, nos acompañaron hasta la hora de irnos al tálamo para introducir el sueño continuando con la lectura de días anteriores.
Al siguiente día, sin excesiva prisa en madrugar, tras el aseo personal recogimos nuestras ropas vacacionales (llevábamos una maleta y dos "carritos de equipaje), y desayunamos como siempre, diciendo adiós a la casa que nos había acogido con tanta sencillez y tranquilidad, con tanta seguridad que ni siquiera las puertas exteriores e interiores se cerraban durante el día o la noche.
¿Cómo llenar el tiempo hasta las 3 de la tarde en que debíamos personarnos en el aeropuerto?
Pues nos fuimos hacia la zona de los volcanes, en el Parque Nacional del mismo nombre, y en las proximidades del volcán Montaña Quemada aparcamos el automóvil, y mi querida esposa se fue a dar una caminata por el sendero que aparecía marcado en torno al volcán, en medio de las arenas y rocas.
Terminado ese paseo senderista optamos por volver a la zona de Playa Blanca, al sur, donde orientamos el vehículo hacia la urbanización Marina Rubicón, de
muy buen aspecto, con un puerto deportivo notable, repleta de bares y restaurantes, de apartamentos, y con mucho turista extranjero. Un paseo bordeando el puerto resultó gratificante.
Pasado el mediodía, como había que hacer alguna pequeña colación (ya que a nuestro destino final de Valencia solamente arribaríamos por la noche), optamos por volver a Tinajo, atravesando el parque Nacional del volcán Timanfaya, a modo de despedida, y nos llegamos a La Santa, donde en un barete de
tapas (denominado "El Quemao")comimos un delicioso pulpo del mar local a la brasa, unos pescados y unas cervezas.
Era ya el tiempo de dirigirse al aeropuerto, y por la LZ-20, cruzando Tao y San Bartolomé, llegamos al aeródromo, en el que no nos fue difícil aparcar el coche de alquiler que devolvíamos en los espacios de la locataria (Cabrera Medina, firma bien organizada y cumplidora), con trámites de entrega cómodos y sin demoras.
Faltaban las últimas gestiones para facturar el equipaje (maleta) previamente pagado, y esperamos a que Ryanair abriese el vuelo, y hubimos de soportar el incómodo de que se nos obligase a vaciar la maleta en 3 kilos de equipaje, que pudimos reducir agregándolos a los carritos de mano, no sin comentar la paradoja que supone que en los troleys se pueda llevar hasta 10 kg. y en la maleta facturada solamente 15 kilos.
El embarque y trámites de salida fueron relativamente cómodos, aunque el avión iba bastante lleno, pero el vuelo fue tranquilo, y las dos horas y pico de trayecto fueron sin incidencias hasta nuestro destino de Valencia, donde ya nos esperaba nuestra hija pequeña con su pareja, que nos llevaron hasta casa, en la que improvisamos un piscolabis mientras contábamos las experiencias y excelencias de esa que había sido nuestra "Navidad entre volcanes".
Si todo lo escrito al respecto en estas siete crónicas es de agrado y utilidad de otros viajeros como nosotros, les instamos a que experimenten el placer de conocer esa isla mágica y diferente del precioso archipiélago canario.
SALVADOR DE PEDRO BUENDÍA

jueves, 5 de enero de 2017

Esta España nuestra: Lanzarote, una Navidad entre volcanes (VI)


Una Nochebuena y Navidad sosegadas y en paisajes insospechados; De la búsqueda del cocido canario al plato de Sancocho, con paseos por senderos volcánicos

Llegada la Nochebuena, como antesala de la Navidad, ahí estábamos mi esposa y yo mismo, en parejita, sin más compromiso de celebración que el de estar juntos en esos días especiales.
Los hijos, en la península y en el extranjero y ya de edad supermadura; los nietos, también lejos y la algunos de ellos ya adultos.
¿Íbamos a sumarnos a alguna organización de eventos especial? ¿O a reunirnos con algunas gentes?
La verdad es que si habíamos viajado hasta Lanzarote en busca de descanso activo, no hallábamos especial motivo para reunirnos con gentes desconocidas en estas fechas. Inclusive nuestra anfitriona se había marchado la península con sus hijos.
Así que, sin demasiadas cavilaciones, nos felicitamos de estar en la mejor
compañía posible: la del otro cónyuge. Y decidimos organizar nuestra cena de Nochebuena en la casa en la que residíamos.
Otra cosa era la comida del día de Navidad, pues nos apetecía degustar un cocido canario, en algún ingrediente diferente de los de la península.
Así, el día 24 de Diciembre, tras el habitual desayuno de tostadas, mermelada y queso de la isla, con un buen café con leche, emprendimos en nuestro coche la marcha por el Parque Natural de los Volcanes, y a poco de sobrepasar Mancha Blanca nos apeteció dar un buen paseo por uno de los senderos volcánicos que se ofrecían a nuestro paso, concretamente frente a la Montaña del Cortijo. Y en el aparcamiento dispuesto junto a la carretera, en el que ya había más automóviles estacionados, dejamos nuestro vehículo y nos dispusimos a seguir una ruta sobre ceniza volcánica que estaba marcada en su inicio por unas rocas de volcán, y que seguía más gente.
La ruta no ofrecía ninguna especial dificultad, si se exceptúa el viento de cierta intensidad que batía la zona. El recorrido era seductor por lo insólito, ya que era caminar por la nada, sin un solo árbol ni cerca ni lejos y solamente algunos líquenes en matojo. La “no vida”, en fin.
Terminado el periplo, no duro, seguimos por la carretera hasta La Geria, admirando nuevamente los viñedos protegidos por los muretes, y llegando hasta Uga, población en la que se nos había informado que había un restaurante acreditado que ofrecía cocido canario, que ya he dicho es lo que nos apetecía comer el día de Navidad.
En llegando a Uga, y tras buscar ese restaurante, que había cambiado su denominación en fecha reciente, nos llevamos la decepción de que anunciaba un aviso en su puerta que estaría cerrado los días 24 y 25. ¡Adiós, cocido canario! Excepto que lo halláramos en algún otro establecimiento.
Tras ello seguimos hacia el norte, en dirección a la villa de Teguise, antigua capital dela isla,   la que se nos ofreció una bonita zona antigua, muy cuidada, con calles empedradas y casas de abolengo, además de tiendas de artesanía lanzaroteña.
Paseamos un buen rato, gozando del sol venteado que imperaba, y nos
marchamos hacia otro lugar, aunque al pasar por Tao volvimos al restaurante del Tele-Club, en el que comprobamos que las posibilidades del cocido canario se nos esfumaban…
Para seguir ocupando el día, por Tinajo nos dirigimos a La Santa, en cuyas cercanías visitamos el Club de Spa y Surfing de La Santa, y seguimos por carreteritas junto al mar hasta Sóo, una villita cercana a Muñique en la que visitamos la tahona de Aurelia, una surtidísima tienda de alimentación, al estilo de pueblo, en la que destacaba el queso lanzaroteño, de fabricación propia, y que adquirimos junto con pan, para llevárnoslo a la península.
Estabamos a pocos kilómetros de nuestro alojamiento y allí nos dirigimos para preparar la cenita de Nochebuena, en la que hubo un buen aperitivo de pulpo a la gallega, queso lanzaroteño, y un plato principal a base del delicioso atún comprado al pescadero de Tinajo, que a la plancha se ofreció como un gran manjar. Y todo ello regado con un vino blanco semi-afrutado de la variedad de uva Malvasía, dela Geria.
Unos trocitos de turrón, de postre, y una charla amena nos llevaron a sentir los primeros picorcillos del sueño (aquellos que en nuestra infancia se decían de “la abuelita de la arena”), de manera que nuestra Nochebuena acabó en “noche mejor” leyendo el a camita la novela que estaba a medias.
Como el día de Navidad no teníamos quién ni qué nos despertara, lo hicimos más bien tardecito (si se atiende a la hora peninsular), para, bien desayunados, buscar una nueva caminata por sendero volcánico, cerca de la Montaña Caldereta, en la que mi esposa denotó su espectacular buen estado de forma, yéndose a caminar en solitario por aquellos lugares desiertos, entre arenas y rocas volcánicas.
Decidimos dirigirnos a lugares aún no visitados en este viaje, y acabamos en Playa del Carmen, lugar tan superturístico, tan poblado por enjambres de apartamentos y casas, tan urbanizado, con muchos hoteles, que solamente nos apeteció pasear por una especie de paseo que sobre las rocas contornea el mar.
Todo estaba lleno de turistas, la mayoría extranjeros, que a la una de la tarde ya estaban degustando su lunch, en algunos casos con buenas sangrías y vinos y con sombreros y atavíos propios de las celebraciones navideñas en otros países. Poco interesante y nada atractivo para nosotros, que buscábamos sosiego y pocas masas.
Por lo que abandonamos Puerto del Carmen y nos dirigimos a Arrecife, la capitalita de la isla, en la que paseamos en torno a El Charco de San Ginés, y hallamos allí una tasquita llamada “La Bulla”, que ofrecía unos singulares minibocadillos de chopitos, que acompañamos de unos ahumados de salmón y unas cervezas, buen aperitivo para marcharnos (casi sentíamos alergia a la ciudad, por ser ciudad) hasta Tao, en cuyo Tele Club (restaurante) degustamos un Sancocho lanzaroteño –con pescado, batata y patata) y una Vieja, delicioso pescado canario que ofrece auténtico placer al paladar.
Nos apetecía volver a zona playera y nos volvimos a Sóo, llegándonos hasta la Caleta de Famara, en la que paseamos algo, ya que el viento comenzaba a importunar bastante.
Y como la tarde fenecía, hicimos lo mejor, que fue regresar a nuestro “cuartel general”, donde aprovechaos el atún que habíamos reservado el día anterior para cocinarlo encebollado y acabar así un día de Navidad sin demasiados hechos notables, aunque lo verdaderamente significado es que habíamos gozado en pareja de un día sosegado y lleno de atractivos naturales.
El descanso nocturno fue, como siempre, estupendo.
SALVADOR DE PEDRO BUENDÍA

miércoles, 4 de enero de 2017

Esta España nuestra: Lanzarote, una Navidad entre volcanes (V)



Recorriendo la obra de César Manrique: Los Jameos del Agua, la Cueva de los Verdes, el Mirador del Río; y descubriendo peculiares restaurantes, como los Tele-Clubes de Lanzarote

El cuarto día de estancia en la isla exigía sumergirse en el conocimiento de la obra diseñadora, arquitectónica y conservadora del genial lanzaroteño César Manrique (invito a seguir su biografía en Internet).
Porque decir Lanzarote es decir César Manrique y viceversa.
Decidimos efectuar la primera visita a los Jameos del Agua, en le zona nordeste de la isla, a cuyo fin nos desplazamos por la Lz-20 hasta las cercanías de Arrecife (la capital) y en la circunvalación tomamos la autovía Lz-10 que sigue hasta Tahiche y
prospera hacia el norte llegando hasta Arrieta, para desviar por la Lz-1 en dirección a Órzola, y sobrepasada Punta Mujeres se llega a los Jameos del Agua.
Esta atracción (por llamarla de alguna manera, ya que es una obra colosal) es algo sorprendente, porque se ha aprovechado unas oquedades volcánicas en las que había unos lagos para construir una estructura adaptada al interior del volcán, con jardines de cactus, iluminaciones que producen contrastes bellísimos, y hasta dotar de servicios de restauración.
Hay tres lagos a diferentes niveles (junto al segundo un gran auditorio) y el visitante se siente en el mundo casi irreal del interior del volcán o de la estructura volcánica, con esas rocas de lava, esos materiales que parecen repelar cualquier forma de vida, mientras en el primero de los lagos se aprecian los diminutos cangrejos blancos —ciegos, porque vivían en la oscuridad—y sobre cuya aguas se refleja  los arcos del techo de la cueva.
Después de sobrepasar el segundo espacio acuático, cuando se alcanza el tercero, se comprueba que se ha accedido a nivel de superficie, pero el lago está al aire libre, rodeado, como todo, por bellas plantas de cactus.
Al salir al exterior se tiene la sensación de haber estado en un mundo irreal pero
muy bello.
El segundo atractivo es la llamada “Cueva de los Verdes” (según se nos explicó debe su denominación a que ese adjetivo era el apellido de los propietarios), cuya espelunca se utilizó en tiempos pasados para que las poblaciones cercanas se refugiaran de las invasiones piratas provenientes de África.
La cueva constituye una especie de tubo (del que era continuidad el actual Jameos del Agua), por el que evacuaban al cercano mar, primero las lavas, y luego las aguas del volcán de la Corona, del que forma parte.
La cueva se ha iluminado convenientemente y se han habilitado escalera y pasadizos (a veces de acceso dificultoso y poca altura) que permiten contemplar figuras sugestivas y especialmente sentirse en el interior de un volcán, en el que la vida parece estar ausente. Con un guía bilingüe, atento y versado en la materia.
Esta cueva es aparentemente menos atractiva pero debe ser visitada.
Y tras sumergirnos en las profundidades del volcán, respirando ya en la superficie el oxigenado aire lanzaroteño, por las carreteras Lz-201 y 203 llegamos al Mirador del Río, situado en la punta más al norte de la isla, frente a Isla Graciosa, de la que el risco de casi quinientos metros de altura queda separado por un canal (“el río”).
En esa punta César Manrique ideó, atravesando la montaña, una amplia sala en la que hay instalada una ca
fetería y en su exterior un amplio mirador que permite vislumbrar las tres islas situadas en la cercanía, especialmente Isla Graciosa, con sus poblaciones de pescadores y pequeños puertecillos. No puede olvidarse la enorme riqueza piscícola de la zona.
A la izquierda del mirador, toda la zona montañosa situada sobre la Caleta de Tamara, que es la más alta de Lanzarote, rondando los setecientos metros, y que es otra preciosa vista.
Tuvimos la mala suerte de que el día estaba absorbido por la calima africana y el viento era fresco y desagradable, lo que limitó nuestro paseo y nos indujo a retirarnos y a surcar la montaña hasta Haría, y descender con bonitas perspectivas hasta Arrieta, típica localidad costera junto a la de Punta de Mujeres, que ofrecen otros bellos panoramas, aunque lo grisáceo del día no invitaba a demasiadas actividades al aire libre.

Así que optamos por curiosear sobre otro de los atractivos que se nos habían anunciado, y era la restauración casera que se daba en los llamados “Tele-Clubes”, que no eran sino las Casas de la Cultura que en la mayoría de poblaciones existían, reminiscencia de aquellos “tele-Clubes” que antes de los años setenta se establecieron por toda España, en torno a un televisor, y que congregaba a los pobladores para “ver la tele”.
Nos dirigimos a Tao, población en el centro de la isla, entre Mozaga y Tiagua, pues nuestra anfitriona de la casa en que morábamos nos había recomendado las excelencias del establecimiento.
Y a fe que fue cierto, pues hallamos una amplia sala-restaurante, con una barra de bar bien dispuesta, y se nos dio pronto acomodo por quien parecía regentar el sitio, recitándonos una amplísima lista de platos que integraban el menú.
Nos inclinamos por elegir unas sopas de marisco y pescado, que estaban deliciosas, pedir cabrito frito de Lanzarote (una enorme bandeja con unas sabrosas carnes) y pescado a la plancha, que resultó ser un bocinegro delicioso. Una mousse de gofio cerró la magnífica comida, cuyo precio, inferior a 12 Euros por persona (bebidas incluidas) nos llamó tanto la atención que decidimos repetir.
No nos olvidábamos que el siguiente día era Nochebuena, y decidimos celebrarla en parejita en  nuestra casa, mas para ello nos proveímos en el supermercado de Tinajo de buenos vinos de Lanzarote, y especialmente compramos un espectacular trozo de atún (que se nos dijo abundaba en la isla de La Palma) y hasta un choco (sepia) fresquísimo.
Antes de irnos para casa, aún nos acercamos hasta La Santa, población cercana a Tinajo y Muñique, cuyas pocas calles en torno a blancas casas recorrimos, llegándonos hasta el diminuto puerto, en el que dos o trs barcas de pesca denotaban que ese era uno de los puntos de entrada del pescado que disfrutábamos.
Se agotaba el día, por lo que retornamos a la casa de nuestros sosiegos, en la que charlamos un rato con la propietaria (que el día siguiente partía de viaje a la península con sus hijos, un chavalín de 10 años y una niñita espabiladísima de 5 años) y más tarde con una pariente suya, que nos completó informaciones sobre la zona.
En fin, otro día lanzaroteño lleno de atractivos, de belleza y de nuevas sensaciones.
Estábamos en la isla solamente cuatro días y nos parecía que ya éramos como moradores asiduos de ella, los llamados “conejeros”.
Y esp que no se nos había explicado del todo el motivo y el origen del apelativo...
SALVADOR DE PEDRO BUENDÍA

martes, 3 de enero de 2017

Esta España nuestra: Lanzarote, una Navidad entre volcanes (IV)

Una celebración, degustación de pescado y visita a Playa Blanca, bodegas en Uga y al palmeral y mirador de Haría
El tercer día de nuestra estancia en Lanzarote (cuarto si se cuenta el de la llegada, al filo de la medianoche) estuvo marcado por el acontecimiento especial de la celebración del cumpleaños de mi esposa.
Todos los años hemos tenido una especial celebración, pero en esta ocasión lejos de nuestro domicilio y “solitos en pareja”, decidimos aprovechar el día.
Como una vez más el sol brillaba esplendoroso y la temperatura era benigna (21 grados a mediodía, y por la noche había sido de 17º), decidimos dirigirnos hacia el sur de Lanzarote, por el Parque Natural de los Volcanes, pasando por Uga y Yaiza, para situarnos en Playa Blanca, el complejo turístico más al sur (frente a Fuerteventura),  que ha alcanzado unas dimensiones excesivas, con cientos de urbanizaciones, multitud de hoteles y miles de casas tipo chalet lanzaroteño.
Paseamos largamente junto al mar, para dirigirnos después hacia el noroeste, a El Charco, y concretamente al restaurante “La Lapa”, en el que la tarde anterior habíamos degustado unas deliciosas lapas, en cuyo establecimiento proyectábamos comer.
Se nos atendió con la solicitud de siempre y de la sugestiva carta escogimos unos buenos entrantes, de los que destacó  la morena ( una especie de serpiente de mar cuya piel queda crujiente al ser frita) y una selección de pescados de la isla, sirviéndosenos pejerrey, sama, cherne y bocinegro, tan frescos como deliciosos, que regamos con un buen vino blanco local, de La Geria.

Después del buen condumio, rematado con un delicioso mousse de gofio, en el que, claro está, brindamos por la salud y felicidad de la cumpleañera, reposamos un rato junto a la playa, encima de las rocas contra las que rompía el mar, y a continuación paramos en las bodegas de Uga, en una de las cuales entramos para conocer su presentación, aunque evitamos degustar el vino, ya que nos quedaban kilómetros por recorrer, y seguimos hacia el norte, por las LZ-30 y LZ-10, hasta alcanzar la localidad de Haría, situada en un bello enclave, con un Mirador que permite divisar una zona repleta de palmeras (cosa rara en una isla con tan poca vegetación arbórea), desde cuyo mirador nos deleitamos observando las islas del Norte, especialmente La Graciosa, y visionando la costa este, con las poblaciones de Arrieta y Playa Mujeres, y al oeste la zona de Las Bajas y Punta de Penedo, en las proximidades de La Caleta de Famara, a cuya playa finalmente fuimos para comprobar que abunda en arena normal y es lugar privilegiado para la práctica del surfismo.

De regreso a nuestro “hogar” de Muñique, pese al poco apetito, aún degustamos algo del pulpo a la gallega y no tardamos en buscar el descanso, porque el día había sido largo y repleto de vivencias.
Leer en la cama un buen rato fue la mejor antesala al sueño reparador que nos invadió para acabar la jornada.

SA SALVADOR DE PEDRO BUENDÍA